EL ALMA QUE ME DISTE

Comentarios del jurado a los finalistas del xxxix premio mundial “Fernando Rielo” de Poesía mística.

Antonio Bocanegra Padilla, El alma que me diste (Cádiz, España). El poeta percibe a Dios como un verbo íntimo –voz, canto, susurro–, y suplica quedar sumergido en esa corriente sonora. Hay una conciencia purgante del que busca a tientas y del que se sabe creatura, si bien llamada a lo eterno.  Esta certeza de indigencia se vive sin tragedias ni aspavientos, más bien con serena resignación, y a veces con el esbozo de una sonrisa del que acierta a desdramatizar su precaria coyuntura, porque sabe que Alguien más grande lleva el timón de su existencia. Hay, sin embargo, dudas, interrogaciones, tanteos, que terminan siempre en una confiada entrega a la tutela divina. Los versos son hermosos, sencillos e inmediatos, apreciándose su cultura poética. Podemos encontrar imágenes de sabor vallejiano: “Dime, ¿qué hacemos en nuestro papel / de malogrados Sísifos / y condenados a vivir / muriendo a todas horas”. O también, recordándonos ecos manriqueños: “¿Qué importa lo que sea cuando muera, / —barro, polvo, esqueleto o calavera— / si Él dará vida a todo lo que es muerte?”.       10/12/2019

Incluyo aquí el poema final, titulado «Epílogo!:

Este niño, tan viejo, que se pasa las horas

mirando cómo el tiempo sus pasos no detiene,

oyendo el tic-tac lento que marcan los relojes

y no sabe ni entiende el misterio que encierra

su transcurso y medida, su pulso inacabado….

Este viejo, tan niño, que añora el tiempo ido

que no ceja en su empeño de cambiar el presente

tan frío y desabrido, tan falaz y mezquino

y no entiende del todo que es misión imposible

alterar lo que Dios dispuso en sus designios…

Este hombre, al acecho, de una sonrisa  cómplice,

de una mirada ajena que resulte reflejo

de la que Dios posee aunque no la haya visto

se encuentra ahora aquí mirándose las manos

con las que levantó la roca de su vida,

observando su piel, que no guarda señales

de cuanto amable y bello tocaron y gozaron…

Hoy son oscuros surcos privados de cosechas,

tan solo tristes yermos que están desguarnecidos

de amor y de inocencia, de abrazos y de amparo

y muestran los estragos de un campo de batalla.

¡Qué negror me circunda recontando las horas,

el tiempo insobornable, su discurrir callado,

sentir que estoy marcado por lo que con él hice,

por lo que lograr pude o no pude en mi intento,

por el amor fingido, también por el negado,

por lo que aré y sembré y apenas si dio fruto!

El turbio desencanto que siento me entristece,

me viene desde dentro, ese dentro que habitas

y al que infundes Tu fuerza, coraje, pasión, vida,

a la vez que me duelo, Señor, de muchas cosas:

no ser para los otros sonrisa, flor, paloma,

palabra clara y limpia, de mano siempre abierta,

abrigo que cubriera la desnudez ajena,

palabra de consuelo en los reinos del llanto

llama inextinguible en el hogar sin lumbre,

un pedazo de pan en la mesa del pobre,

Al mirar yo  mis manos he pensado en las tuyas,

su calor necesito, su ternura infinita.

Enlacemos las manos, unamos sus latidos,

cerraré yo los ojos, cerrarás Tú los tuyos.

Quedarme quiero así, de amor el alma en trance,

gozaré las caricias divinas de Tus manos,

será como un ensayo de nuestro pronto  encuentro,

encuentro en una hora que solo Tú conoces

porque eres Tú quien dicta comienzos y finales,

porque eres Tú quien lleva el alma hasta lo eterno.

                                ●

 

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