Jorge Santayana: Un español sin patria

El presente Ensayo es un tributo a uno de los españoles más preclaros que ha dado nuestro país pero que por diversas circunstancias carece de la popularidad de un Miguel Unamuno, un Ángel Ganivet o un  Ortega y Gasset -nombres ilustres de la Generación del 98- a la que perteneció por derecho propio y todo ello debido a que su ingente corpus literario esté escrito en inglés en su totalidad.  Nacido en Madrid y fallecido en Roma, jamás renunció a su pasaporte español, y -curiosamente-  a causa de su renovación sufrió una caída que lo llevó a la tumba. Su figura como poeta, brillantísimo poeta, me llevó a él y al estudio de su obra literaria, no filosófica, en la cual trabajé a fondo para confeccionar la Tesis Doctoral después de terminar la Licenciatura. Trabajos que, finalmente, abandoné por razones diversas emprendiendo otros derroteros, quizá menos gratificantes.

JORGE SANTAYANA: UN ESPAÑOL SIN PATRIA (Madrid, 1863-Roma, 1952)

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I.- PERFIL BIOGRÁFICO.

Estoy seguro de que en algún momento habrán oído la famosa cita “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Pero pocos sabrán, a pesar de su masiva utilización, que esa sentencia de tanta fuerza conceptual y garra literaria pertenece a un compatriota nuestro: Jorge Santayana. Un grandísimo filósofo, poeta y ensayista desconocido para el gran público y sólo conocido en círculos muy especializados. En efecto, el aforismo aparece en La Razón en el Sentido Común, el primero de los cinco volúmenes de su magna obra La Vida de la Razón o Fases del Progreso Humano.

Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás (1863-1952) es uno de los más grandes filósofos de su época y, siendo español por nacimiento y gracias a un pasaporte al que no renunció jamás, fue en España un perfecto desconocido en vida y sigue siéndo para la mayoría de los españoles 62 años después de su muerte. De ahí mi interés por su figura y su obra, que se remonta a mis primeros años de Licenciatura en Filosofía y Letras cuando buscaba temas de investigación para mi futura Tesis Doctoral. Es cierto que el manual de Historia de la Filosofía de Johannes Hirshberger que manejábamos como libro de texto en la Complutense de Madrid a principios de los años 60 lo incluía dentro del capítulo dedicado a la Filosofía Española pero, fuera de ahí, pocos conocían su figura por aquellos años 60. Desconocido, ignorado, proscrito, en efecto, y ello a pesar de su enorme prestigio intelectual no sólo como filósofo, sino también como gran ensayista, crítico, poeta y novelista, actividades todas en las que fue auténtico maestro. Estas dos últimas facetas, las de poeta y novelista, fueron la que me llevaron a él.

Cualquier enciclopedia o diccionario de habla inglesa le dirá que Jorge Santayana es un filósofo, poeta y humanista americano o estadounidense nacido en Madrid que a la edad de nueve años emigró con su familia a Estados Unidos, a Boston concretamente. Su padre, Agustín Ruiz de Santayana, abogado no demasiado brillante, era natural de Zamora y su madre, Josefina Borrás, aunque nacida en Escocia era de ascendencia catalana. En primeras nupcias la madre se había casado con George Sturgis, un comerciante norteamericano que conoció casualmente en Filipinas, territorio español entonces, donde residía con su padre, que cumplía allí tareas consulares. Míster Sturgis murió repentinamente dejando tres hijos a cargo de la madre: un pequeño, que murió pronto, y dos hermanas, Susana y Josefina, la primera de las cuales ejercería con el tiempo una influencia afectiva y personal enorme sobre nuestro filósofo. Esta circunstancia fue la que llevó a la familia o, para ser más precisos, a la señora Santayana a marcharse a Estados Unidos, más concretamente a Boston, donde residían la hermanas del pequeño Jorge. Como es natural, éste, de sólo cinco años, no hablaba inglés al pisar suelo americano pero iba a hacer de ese idioma su lengua literaria, el idioma de un país en el que siempre se consideró un mero observador. Así, se referiría años más tarde a su “pertenencia a otra parte o más bien de no pertenecer al lugar en que vivo …(Apología pro Mente Sua) Con una obra filosófica y literaria inmensa, nunca se hizo ciudadano americano manteniéndose alejado y distante de sus costumbres y de su cultura. Así, en su obra “Carácter y opinión en los EE.UU. expresa su aprecio peto también su desprecio por el pensamiento noteramericano que se vivía en sus universidades.

Santayana estudió en la Latin School de Boston y en la Universidad de Harvard (1882-86), teniendo por Profesores nada menos que a William James y Josiah Royce, de los que con el tiempo fue colega. En 1888 se trasladó a Alemania y, posteriormente, a Inglaterra con una beca, recibiendo el Grado de Doctor en Filosofía en la Universidad de Harvard gracias a su tesis sobre Rudolf H. Lotze, uno de los creadores de la filosofía que se enseñaba en esa Universidad. Y no deja de ser sorprendente que los presupuestos filosóficos a partir de los cuales se construye la Tesis, serán los que sustentarán gran parte de su quehacer filosófico: el materialismo, las críticas al idealismo, especialmente alemán, al optimismo, al moralismo y a la teología. En esa Universidad fue nombrado full Professor y allí enseñó Filosofía desde 1889 a 1912. Lector en la Sorbona de París, durante el curso 1905-06, sus conferencias sobre la Filosofía de la Historia en esta Universidad iban a constituir el grueso de la obra La Vida de la Razón (1905-06), una interpretación del papel de la razón en las múltiples actividades y facetas del espíritu humano. Según Santayana la felicidad constituye el bien para el género humano y como mejor se logra es gracias a la armonización de nuestros diversos intereses mediante el uso de la razón. Entre sus compañeros y colegas de esos años pueden enumerarse a T.S. Eliot, Gertrude Stein, Wallace Stevens, Walter Lippman y Harry Austryn Wolfson, nombres todos ellos de enorme prestigio en el mundo anglosajón.

Fue su desahogada situación económica la que le permitió en 1912 retirarse de su Cátedra de Filosofía en Harvard y venirse a vivir a Europa y, tras varios años de peregrinaje por escenarios muy diversos -París, Berlín, Oxford, Madrid y la Costa Azul- acabó afincándose definitivamente en Roma en 1920. Empieza entonces la parte más prolífica de su vida como escritor, llegando a publicar una veintena de libros, al tiempo que rechazaba importantes y tentadoras ofertas académicas. Siempre permaneció soltero, apoyando económicamente a muchos escritores y filósofos jóvenes, de entre los que destaco a Bertrand Russell, el gran matemático y filósofo inglés, con cuyas ideas, filosóficas y políticas, siempre estuvo en desacuerdo. A este propósito recordamos las malévolas Memorias de Russell para hacernos una idea de la inmensa influencia y el prestigio de que gozaba nuestro Santayana entre las élites intelectuales y universitarias no sólo de Estados Unidos, también de Europa……../

 

IV.- ALGUNOS  AFORISMOS de Santayana (**).

La Biblia es literatura, no dogma.

 Aquellos que son incapaces de recordar el pasado están condenados a repetirlo.

 La mente por sabia que sea siempre tiene algo que aprender.

 El universo es una novela cuyo héroe es el ego.

 Mi ateísmo, como el de Spinoza, es auténtica piedad hacia el universo y niega sólo a los dioses creados por los hombres a su propia imagen, para que sean siervos de sus propios intereses.

 Los que hablan mucho de progreso miden éste por la cantidad, no por la calidad.

 La cordura es una locura dedicada a una noble causa.

 Antes de contradecir a un anciano, mi buen amigo, deberías intentar comprenderle.

 El joven que nunca ha llorado es un salvaje, y el anciano que no sabe reír es un estúpido.

 La música es esencialmente inútil, como lo es la vida.

 La verdad es cruel pero puede ser amada, volviendo libres a aquellos que la aman.

 La condición del niño y del bárbaro es aquélla en que el instinto no ha aprendido nada de la experiencia.

 El fanatismo consiste en redoblar los esfuerzos cuando ya se han olvidado las metas.

 La religión es la reacción natural de la imaginación al enfrentarse con las dificultades de un mundo cruel.

 El escepticismo, como la castidad, no deberían abandonarse demasiado pronto.

 La propaganda es el sustitutivo moderno del argumento; su función es hacer que los peor aparezca como lo mejor.

 Nada es realmente tan pobre y deprimente como el arte que centra su interés en sí mismo y no en el sujeto.

 No es posible ni el nacimiento ni la muerte, pero sí disfrutar el intervalo entre uno y otra.

 Los pies del hombre deberían estar en su país, pero sus ojos deberían recorrer el mundo.

 La felicidad es la única sanción de la vida; cuando la felicidad falla la existencia se convierte en un experimento insensato y lamentable.

 Cada religión  … necesariamente se contradice con todas las otras religiones y probablemente se contradice consigo misma. La religión, como las lenguas, son rivales por necesidad. La religión que tenga un hombre es un accidente histórico, y otro tanto sucede con la lengua que habla.

 Los amigos son por regla general del mismo sexo, pues cuando los hombres y las mujeres coinciden lo hacen solamente por lo que se refiere a las conclusiones: los motivos son siempre diferentes.

No hay nada tan pobre ni tan triste como un arte que se interesa por sí mismo y no por su tema.

Un artista es un soñador que consiente en soñar con el mundo real.

 El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.

 Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano.(*)

 Las enfermedades que destruyen al hombre no son menos naturales que los instintos que lo preservan.
Usted y yo tenemos muchos ideales comunes que nos unen pero cada uno tiene su propio cuerpo y sus sueños irremediablemente incomunicables.

La fe en lo sobrenatural es una apuesta desesperada del humano desde el fondo de su infortunio.

El humano se hace supersticioso no por tener mucha imaginación sino por su ignorancia de tener alguna.

La verdad es un sueño a menos que mi sueño sea verdad.

La verdad es cruel pero puede ser amada y hace libres a quienes la han amado.

Sería difícil exagerar la maldad humana sino fuera tan fácil sobreestimar su sensibilidad.

El místico puede ser feliz en la ensordecedora conciencia de los sonidos de su propio corazón y los del universo.

Los mitos no son creídos; son concebidos y entendidos.

Hay tragedia en la perfección porque el universo en el cual la perfección aparece es imperfecto en sí mismo.

La teoría nos ayuda a soportar nuestra ignorancia de los hechos.

La nación que olvida su historia está condenada a repetir los errores del pasado.

Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano.

                                                                    ***

 

 (*)     La relación completa de las obras de Santayana acompañada de un pequeño análisis la ha llevado a cabo Daniel Moreno Moreno y  a ella es conveniente remitirse, pues parte de esa información no ha sido posible soslayar por su abundancia de datos y claridad. Para un estudio más completo, cf. Ignacio Izuzquiza: George Santayana, o, la ironía de la materia, primer estudio monográfico en España sobre Santayana

(**)       Selección y traducción del autor de este ensayo.

 

 

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2 respuestas hasta “Jorge Santayana: Un español sin patria”

  1. Maria 04/12/2015 a 2:20 pm #

    Sabrías decirme en qué obra aparece su frase, el que no conoce la historia está condenado a repetirla? Gracias

    • Antonio Bocanegra 04/08/2018 a 12:27 pm #

      Querida y desconocida amiga, esa cita pertenece a la obra en cinco vols. «The life of reason» :»Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla». Santayana, un español catedrático de Filosofía, nada menos que Harvard, y autor de una enorme obra filosófica no renunció nunca a su patria. Sus citas son célebres y numerosas. Un español de la Generación del 98 prácticamente desconocida para el gran público español. Normal. Para el americano, toda una eminencia. En la Revista «Ateneo» de Cádiz, he pyblicado dos artículos sobre él. Un saludo. (Perdón por mi tardanza en contestar, tengo el blog abandonado)

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