OTROS ESCRITOS

PRESENTACIÓN DEL LIBRO
FICCIONES Y COPLAS DE AMOR Y MAR (Del mar de Cádiz),
13.06.1997

Situaciones como ésta, tan rara como grata, me hacen recordar la definición del famoso autor, editor y publicista norteamericano Elbert Hubbard: Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere’. Vosotros, en efecto, queridos amigos, lo sabéis todo de mí, hasta que escribo de vez en cuando algún que otro verso —lo que no deja de ser atrevimiento y enfermedad menos grave que ya veo me perdonáis. Juan de Mairena, “filósofo cortés, un poco poeta y un poco escéptico” …, ya saben a quién me refiero, la reencarnación del Antonio Machado sistemático y aforístico que se disfraza con ropas ajenas para dar a luz un pensamiento tan librepensador como original y amable, se refería a la crítica y a los críticos con unas palabras que no me cabe duda tú, José Carlos, has tenido muy en cuenta al enjuiciar tan magistralmente estas Ficciones y Coplas de Amor y Mar (Del Mar de Cádiz). No me resisto a su transcripción: Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien… Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno.

¡Qué generosidad la del gran poeta de “Soledades” y de “Campos de Castilla” en contraposición con la mezquindad de algunos que se autodenominan escritores o poetas, ofician de acólitos de la cultura y del saber, se “oficializan”, acaparan los medios de información, se vuelven tremendamente excluyentes y, fieles a su cortedad de miras llaman “versificadores”,

“copleros” o “verseros” a los que no se enganchan a la particular noria de sus ideas e intereses, a sus modos y métodos de expresión, y lo que es peor, anatematizan y mandan a las tinieblas exteriores del silencio a los que no se arriman al ascua de su fuego no siempre poético! Son los “avinagrados y melancólicos” machadianos, los creadores de sombras, no de lirismos.

Digo todo esto porque Ficciones y Capias de Amor y Mar (Del Mar de Cádiz) es una muestra de ese tipo de poesía que no es del gusto de esos versolibristas al uso ya que este poemario pertenece a esa parcela o predio particular de los llamados injustamente “copleros”. En tal sentido, nadie mejor que Antonio Murciano, el gran poeta arcense, para prologar este libro, algo que ha hecho con la maestría, el acierto y la perfección que le son habituales y con una generosidad también que no agradeceré nunca suficientemente. Ha sido un honor, una deferencia que no podré olvidar. En efecto, la lectura de este precioso prólogo echa por tierra, diría que lamina esa idea de que la poesía popular es poesía de segundo orden, y aunque el libro que hoy presentamos es en mi producción el único en su estilo quisiera reivindicar con toda humildad y modestia el género como forma genuinamente poética. Porque este tipo de poesía es más palabra en el tiempo que otra, está más próxima a nuestras raíces de pueblo que esa otra poesía intimista, prístinamente lírica y personalista, esa poesía pensada y diseñada para oírse a sí misma.

Por si fuera poco el pórtico, la salida la cubre el Prof. Payán, el compañero en las labores docentes, con una contraportada en la que deja plasmada su palabra cálida, alegre, bulliciosa, generosa, con esa pose de andaluz en ejercicio sin mixtificaciones ni tapujos. Claro que él dice que no es ni el pórtico ni el cierre, que es el interior, lo que está dentro de la casa lo que vale y merece la pena. Generosidad, sin duda, en ambos casos, en el de Murciano y en el de Payán. El pueblo, el mar, el amor impregnan todos y cada uno de estos versos. Perdonadme, pero esto que hay aquí no quiere ser, no es cátedra de nada, tampoco quisiera que fueran “borradores silvestres” en la terminología juanramoniana; pretende ser lenguaje vivo, lenguaje y música para andar por casa, voz del pueblo en el que con frecuencia se deja notar una vena, un tufo de machismo o de anti-feminismo, incluso de misoginia, que yo recojo en mi libro pero que no comparto por razones obvias, más aún lo detesto. Aquí no hay preciosismos tampoco porque la lengua, ese instrumento del que se vale la poesía bebe en los veneros del saber popular, del folklore y de la tradición. El sentarse a una mesa y construir coplas pegadas al suelo, similares o con ese tufillo que tienen las coplas populares no puede indicar sino que uno vive o ha vivido muy cercano al pueblo, que lo conoce, y si me apuran, que uno ha mamado en la misma teta en la que mama el pueblo, ese que no tiene nombres ni apellidos pero al que todo el mundo identifica como tal, como pueblo.

Digamos algo más, paradójicamente la poesía popular no resulta popular hoy día y publicar un producto de esta clase es empresa un tanto suicida. Sin embargo, sabemos que el solo hecho de escribir es un proceso de infracción, de ruptura de normas y el resultado del proceso, un arma que se vuelve siempre en contra del que la maneja pues pocas veces nos lleva por corrientes en calma, por aguas favorables y tranquilas y no conduce a parte alguna. Y si escribir nos resulta necesario, a pesar del riesgo, publicar no lo es menos. Nadie entiende que se pueda tener un hijo para esconderlo, para ocultarlo. De ahí la justificación que tiene la publicación de este libro, de cualquier libro. Y vuelvo a citar al maestro Machado: “Yo nunca os aconsejaré que escribáis porque lo importante es hablar y decir a nuestro vecino lo que sentimos y pensamos. Escribir, en cambio, es ya la infracción de una norma natural y un pecado contra la naturaleza de nuestro espíritu. Pero si dais en escritores, sed meros taquígrafos de un pensamiento hablado. Y nunca guardéis lo escrito. Porque lo inédito es como un pecado que no se confiesa y se nos pudre en el alma, y a toda ella la contamina y corrompe. Os libre Dios del maleficio de lo inédito”.

No quiero cansaros. Debo, sin embargo, cumplir con mi deber de buen nacido y agradecer a mucha gente su colaboración y ayuda para esta ocasión. A la Delegación Municipal de Cultura, a la Academia de San Romualdo, que han querido ambas respaldar esta presentación. A Artes Gráficas Ópalo, en la persona de Paco Carrillo y de sus hijos que han logrado un producto  perfectamente terminado y atrayente. Al presentador del libro, compañero en las es las labores de la Academia y  al amigo, José Carlos, que a pesar de sus problemas físicos y laborales, nunca puso pegas para  estudiar con amor el poemario y comentarlo debidamente, magistralmente. Los que hemos  hecho labores de crítica en alguna ocasión sabemos el esfuerzo que conlleva y las dosis de generosidad que hay que suministrar al empeño. Y a mi entrañable amigo Paco del Castillo, de  todos conocido, portuense de pro, poeta de una vena popular y de una inspiración desbordada que, para colmo, recita, como han tenido la ocasión de comprobar, mejor que nadie. A los citados A. Murciano y Pedro Payán. Y !cómo no!, a tantos amigos que han venido hoy expresamente a acompañarme. Amigos que a pesar del tiempo y la distancia, en muchos casos, mantienen vivo y latente un afecto curtido por los años.

Unamuno llamaba a sus versos “hijos del alma”. Preciosa definición: “Hijos del alma, del alma que con ella os dejo”. Gracias, infinitas gracias a todos.

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CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO, COMO ACADÉMICO DE NÚMERO, DE D. MANUEL PÉREZ CASAUX

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Ante todo, mi agradecimiento por haber sido designado para contestar al discurso y presentar a D. Manuel Pérez Casaux con motivo de su ingreso en la Real Academia de San Romualdo de CC., LL. y AA. La amistad con el recipiendario, que no la excelencia en el saber y en el decir, estoy seguro que han sido decisorios en la elección. Gracias, pues, a quien corresponda.

La Valoración del Texto Literario en el Espectáculo Dramático, tema elegido por éste que va a ser dentro de unos instantes miembro de la Academia, nos ha introducido en un tema magníficamente expuesto, ambicioso, extremadamente culto y, cómo no, altamente novedoso. Mi enhorabuena por ello, Manolo. Por la naturaleza del mismo el discurso debía dejarnos un poco con la miel en los labios —a mí, al menos, me ha ocurrido eso—; todo lo que aquí se dijera tendría que quedar entre la intención y su plasmación. Estoy seguro que el aspirante era consciente de ello al ejercer de crítico, pero ¿puede una persona que se dedica o se ha dedicado, como autor, al teatro ser también crítico de ese material con el que trabaja?
Estoy ya en plena réplica del discurso que acabamos de oír. Estoy en lo que voy a llamar calas —término de honda tradición y prestigio en la crítica literaria—. Quieren ser breves cuñas, injertos en el frondoso árbol de ese texto que se nos ha propuesto a la Academia y al auditorio. Y lo hago con la sana intención no de mejorarlo o enriquecerlo, lo que sería pretencioso e imperdonable por mi parte, sino de aportar algún añadido o exorno que, por otra parte, espero no resulte superfluo, antes bien esclarecedor. Y lo que es más importante, tómese, en expresión latina cum mico salis.

Cala Primera.- Admitimos que el teatro no es un género estricta y puramente literario. No se puede hablar nunca de un teatro de texto única y exclusivamente. Se dan en este género factores que son, sin más, puramente extraliterarios. El teatro por sí solo no existe, existe un texto en principio, pero ése es sólo el comienzo del fenómeno, luego entran en juego la dirección, los decorados, el attrezzo, la puesta en escena, el presupuesto económico, la situación social y política del momento, etc., etc. Fenómeno complejo y variopinto, del que Juan Ignacio Ferreras (El teatro en el siglo XX 1988) ha escrito que el teatro representado no sólo es una función pública sino un acto social que aunque tiene como punto de arranque la literatura va más allá de la simple literatura. El texto, pues, no es el problema, el problema es el propio teatro en cuanto representación o puesta en escena, lo es el público, el auditorio para el que se escribe el texto. Los ejemplos serían innumerables. Citaré sólo uno. El estreno en 1956 de Looking back in anger de un desconocido John Osborne en un pequeño teatro de Londres pasó desapercibido. Hoy día consideramos esa obra todo un hito que cambió el discurrir del teatro moderno de habla inglesa y hasta el carácter social de su país, Inglaterra.
Cala Segunda.- El papel de la crítica teatral. Que tú, Manolo, autor teatral, hagas crítica no es novedad. Además, es sano. Parafraseando a Anatole France, la

crítica es la aventura de un alma (o de una mente) entre presuntas obras de arte. Nadie mejor que T.S. Eliot —autor teatral de enorme prestigio— ha abordado el papel de la de crítica en su famosísimo ensayo To criticize the critic and other writings. Allí se dice que una función de la crítica es “… actuar como una especie de engranaje que regula el coeficiente de cambio del gusto literario. Cuando el engranaje se atasca y los críticos que escriben las reseñas se quedan paralizados en el gusto de la generación precedente, hay que desmontar inexorablemente la máquina y volverla a montar”.

Alguien ha dicho que el artista tiene todos los derechos; un crítico, sólo obligaciones. Sin embargo, alguno que otro no lo entiende así.

Cala Tercera. – La Poética de Aristóteles —tú nos lo has recordado— es el modelo para todo tipo de crítica. Por lo general, la crítica se convierte en una exposición o debate estético, lo que constituye con frecuencia un instrumento valioso para aquélla. Harold Clurman (Teatro Contemporáneo —Naked image— 1966) señala la necesidad de distinguir entre crítica dramática y crítica teatral, por él sabemos que el crítico teatral, debe conocer profundamente los valores literarios, considerar al drama tal cual se fue formando a lo largo de la historia: como una parte y no como todo el teatro, que es un arte en sí mismo; que hay hombres de juicio literario sólido que son desafinados para el teatro, lo que significa que no es un género fácil. Cuando Max Beerbohm y Shaw escribían sobre teatro se puso de manifiesto que el primero era un comentarista brillante del drama y que Shaw, gran escritor de comedias, era, además, un gran crítico teatral.

Cala Cuarta.– Nuestro teatro de este siglo y la posición que ocupa en los escenarios mundiales es y ha sido tan lamentable que cuando el 26 de febrero de 1931 se estrenó El hombre deshabitado y, al caer el telón, su autor, R. Alberti, se subió al escenario y gritó aquello de «¡Viva el exterminio! ¡Muera la podredumbre de la actual escena española!» no se podía imaginar que el teatro que propugnaba y hacía —el suyo propio y el del movimiento agitprop— no iba a significar prácticamente nada para la historia de la escena española o mundial y que sólo Lorca y Valle-Inclán iban a llevar a los escenarios unas obras que podríamos calificar de notables, frente a la llamada «comedia burguesa de evasión» de Benavente. Reivindiquemos, sin embargo, la grandeza del teatro. Lo que Horacio escribe en su Epístola ad Pisones (“Aut ágitur res in scenis aut acta refertur”) de un modo u otro lo dinamita Shakespeare cuando dice: «Ver escenas tristes conmueve más que oírlas contar, pues el ojo interpreta para el oído». Grandeza, pues, la del género dramático.

Cala Quinta.- Lo que debemos exigir sobre todo de un texto teatral es que nos hable, que nos despierte un interés tal que llegue a conmover nuestros sentidos y nuestras almas de la manera más íntima y poderosa, que penetre hasta el fondo de lo que está verdaderamente vivo en nosotros. Para que ocurra esto, no tiene que llevar el sello de la universalidad o de inspiración impecable ni manifestar los signos del genio vuelos. Las piezas teatrales tienen que ser la expresión consistente y persuasiva de la percepción genuina, la de origen individual y la de aplicación social. Algunos nombres son prototipos de grandeza dramática pero es evidente que muchas piezas de segundo, tercero y cuarto orden también pueden cumplir la función de arte aprovechable.

Cala Sexta.- Te has referido al Teatro de Arte de Moscú. Se ha hecho tópico hablar del mismo como si fuera el único grupo ruso que influyó en la historia del teatro contemporáneo. Aun siendo una institución venerable —fundada ha hecho ahora un  silgo—, el Teatro Maly ha ejercido una no menor influencia. La dramatización de Almas muertas de Gogol o El jardín de los cerezos de Chejov son inmortales. Pero, ¿decirse con seriedad, como algún historiador teatral sostiene que el Teatro de Arte de Moscú revolucionó el mundo de la escena hasta el punto de cambiar su curso? Evidentemente no.

Cala Séptima.– Los orígenes. «El canto y la embriaguez fundidos en el paisaje de la Hélade» de Nietzsche, que citas, aluden, en efecto, al origen no literario del drama. Pero ésa ya es Grecia y antes que Grecia está el origen auténtico del teatro en su forma más elemental, la inarticulada, la que depende no de un texto formal ni de un improvisado discurso. Me refiero al mimo, imitación a través del gesto y del movimiento del rostro y del cuerpo del hombre primitivo al tratar de buscar una explicación de lo que le resultaba desconocido y misterioso en el entorno en que vivía. Ése fue el principio.

Cala Octava y última.– Apostillas que el intelectualismo, la visión meramente del arte dramático no es suficiente para regenerarlo. ¿No será que el teatro no es el vehículo apropiado para renovar o regenerar el pensamiento de la sociedad? ¿Qué todo queda en la caída del telón, que su fin se plasma y logra con ese aplauso final que es lo que al fin y a la postre todo autor busca? Lo creo firmemente, porque el espectador no va al teatro a hacer revolución sino a pasar un buen rato. Es la vida, tú lo has dicho, lo que el teatro lleva a sus escenarios. Shakespeare, dramaturgo por excelencia, lo plasmó, como siempre, mejor que nadie. La cita es bella y conocida: “a tale told by an idiot full of sound and fury signifying nothing” un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia que no significa nada—.

Podríamos continuar pero eso sería ya perder la perspectiva, salirme de mi cometido y éste es básicamente hacer la laudatio del nuevo académico. Quiero decir algo que me gustaría desnudar de los ropajes del tópico: que la Academia de San Romualdo de CC., LL. y AA se enriquece enormemente con la acogida en su seno de un hombre de letras de la talla del Sr. Pérez Casaux. Me consta y por ello lo expreso aquí públicamente. A las  pruebas me remito:

El estudioso del manual El Teatro español del siglo XX (F. Ruiz Ramón, 1981) encontrará en el índice de nombres dos referencias a Pérez-Casaux, Manuel -pgs-480 y 575). En la primera, cita dentro de las actividades del TU de Murcia la obra Historia de la divertida ciudad de Caribdis de Pérez Casaux (1969); en la segunda, La curiosa invención de la escuela de plañidores, dentro de la Col. Nuevo Teatro Español. Nos hallamos, pues, ante un hombre de teatro, un autor dramático, rara avis en la República de las Letras. Dicho queda.

CURRICULUM VITAE (EXTRACTO)
Éste es el hombre de letras que ingresa hoy en nuestra Academia. Un hombre preocupado por la cultura y crítico con la cultura. No es de extrañar que en reciente entrevista en la prensa local mostrara su decepción y desánimo por la atmósfera cultural de la Isla. No exageremos, Manolo. Sabemos que no estamos en Barcelona o en Madrid pero hay aquí un caldo de cultivo cultural aceptable. Otra cosa es la respuesta del ciudadano. Aquí en la Academia vas a tener la gran oportunidad de colaborar y hacer cultura. Sobre todo, adquieres con ella un compromiso que no se cierra con este acto sino que se abre con él. Porque si la Academia se honra con tu ingreso tú deberás honrarte aún más con tu pertenencia a ella y eso se demuestra siendo participativo, estando comprometido, no dando la espalda a la Institución al día siguiente de su ingreso en ella. En pocas palabras, y esto vale para todos nosotros los Académicos, se es miembro de pleno de derecho y se es miembro de plena obligación, esto parece lo olvidan algunos. No me extiendo más. Mi enhorabuena, mi felicitación sincera a ti, Manolo, y a la Academia.
San Fernando, a 11 de enero de 2000.

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EN TORNO A SHAKESPEARE

  • …Confieso que tus escritos son tales, que ni hombre ni musa pueden alabarlos
    suficientemente… ¡Alma del siglo! ¡Aplauso, delicia, asombro de nuestra
    escena!…Eres un monumento sin tumba, y vivirás mientras viva tu libro y haya
    inteligencias para leerlo y elogios para tributar… ¡Triunfa, Britania mía,
    pues tienes uno que ofrecer, a quien todas las escenas de Europa han de rendir
    homenaje…Que él no es de un siglo, sino de todos los tiempos…
  • ¡Dulce cisne del Avon! (BEN JONSON)

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Con frecuencia oímos decir que el español no lee, que el español no sabe leer. Ambos puntos de vista no reflejan sino una misma realidad. ¿No se lee porque no se sabe qué leer o cómo leer? ¿O no se sabe leer porque no se lee bastante?

El día 23 de abril celebramos el Día del Libro, una festividad académica que se instituyó no para “no coger un libro’ , como algún estudiante pudiera pensar y  es lo que hace ese día, sino para todo lo contrario: para que padres, maestros y profesores exalten el valor de la lectura, la importancia y la necesidad espiritual de leer, nos digan qué leer y cómo leer. Es posible que en un futuro más o menos próximo algún estudiante tropiece con algún profesor de Historia, Física o Latín que al comienzo del curso le diga: “No pienso aprobar al que me haga los exámenes o ejercicios con faltas de ortografía”. Al oírlo el alumno posiblemente se indignará y protestará pero lo cierto es que los estudiantes llegan a la Universidad, peor aún, a la vida profesional con su flamante título de ingeniero, médico o arquitecto y comete faltas de ortografía al escribir una carta, un informe o una simple nota escrita. Todo obedece a lo mismo, no se lee en nuestro país; las horas de ocio se emplean en la calle, en el juego, ante el televisor.

La dejadez, la apatía por la cultura literaria es un fenómeno general, lo cual es más lamentable e incomprensible si se tiene en cuenta que educación y cultura han llegado a ser en nuestros días no privilegio de unos pocos sino un bien del que participa una gran parte de nuestra sociedad.

Yo no voy a decir lo que se debe leer, pero sí quiero decir que se debe leer con ilusión y espíritu crítico, y esto, a veces, no se hace. Para que la lectura guste y sea formativa hay que sentirla, vivirla. Tomen el libro con interés y amplitud de espíritu, sintiendo, sufriendo, amando, como los personajes sienten, sufren y aman. En una palabra, es necesario identificarse con los personajes como si fuéramos parte de la trama o acción. Pero leer, sobre todo, con espíritu crítico, aceptando o rechazando las ideas, los juicios, las actitudes y acciones, tratando de descubrir la verdad y el error, lo inexacto o falso de lo verdadero.

Bien,éstas son ideas muy generales pero pueden resultar provechosas y el día de hoy, festividad del libro, es muy apropiado para recordarlas. Al aceptar gustoso el encargo de pronunciar unas palabras con tal ocasión y fiesta académica pensé que no sería una empresa vulgar e inútil hablaros de uno de los escritores más grandes de la literatura de todos los tiempos, me estoy refiriendo a W. Shakespeare y por una razón: Shakespeare es para el mundo anglosajón lo que Cervantes es para las letras hispanas. Más aún, Shakespeare, según la crítica, pues no hay documento que lo avale, murió el mismo 23 de abril de 1616, fiesta de San Jorge y fiesta nacional inglesa. Y ¡extraña coincidencia! Cervantes, el Príncipe de los Ingenios, murió el mismo día que el autor inglés, el Príncipe de los poetas. Ambos, cumbres excelsas de la literatura universal de todos los tiempos.

Lo más sorprendente de Shakespeare es que su mundo está vivo, es actual, está entre nosotros con la misma viveza y sigue teniendo la rabiosa actualidad que ha tenido durante casi cuatro siglos. Ahora mismo, ¡cuántos jóvenes Romeos y Julietas verán ensombrecido el cielo de su amor simplemente porque sus padres, enemigos por motivaciones de orden social, religioso o político tratan de crear un abismo entre ellos que los llevará a la desesperación y a la tragedia! Cuántos hombres como Macbeth o Julio César se sienten arrastrados en estos mismos momentos por la ambición política y el deseo de poder a la conspiración, a la intriga y al crimen! Cuántos Iagos envidiosos, hipócritas y villanos están sembrando el recelo, la desconfianza y el temor en un amigo! Cuántos padres injustos, como el Rey Lear, sacrifican abominan de la que consideran la peor de sus hijas sin saber que esa nueva Cordelia no es  sino un ángel!  Pues bien, como Leontes en “Cuento de Invierno”, podemos decir que en este momento, sí, en este preciso momento—”even at this present, now, while I speak this…”— en algún lugar del mundo, escuela, universidad, teatro, cadena de radio o televisión se está representando alguna de las obras de Shakespeare. Hace unas semanas se proyectó en la Tv española ”Macbeth” en versión cinematográfica, posteriormente “La doma de la bravía (The taming of the shrew)” en desafortunada interpretación teatral, y, últimamente, por la segunda cadena “Julius Caesar”. Y si la Tv española no cambia la programación anunciada en Agosto veremos esa maravilla llamada “Ricardo III”.

El Cisne del Avon sigue siendo en su país auténtica correa de transmisión entre el público inglés y su literatura. Y no sólo en Inglaterra, países tan diferentes en política, costumbres y religión como EE.UU., Rusia, Checoslovaquia, China o Ceilán aceptan como propios sus arquetipos.   Y es que en nuestro ms íntimo yo aletea un indeciso e irresoluto Hamlet, un celoso, desconfiado Otelo, un malvado Iago, un Romeo o una Julieta enamorados contra el deseo paterno o un Macbeth dominado por la ambición y el deseo incontrolado de poder. Los clásicos ingleses han quedado relegados a los especialistas, sólo Shakespeare es querido y admirado por el pueblo todavía. Si alguno va a Inglaterra encontrará en su habitación de hotel, junto a un ejemplar de la Sagrada Biblia, las obras completas de Shakespeare que han venido  a ser los símbolos de la religión y la cultura en el mundo anglosajón.

En 1964, año en el que habla ampliaba estudios en Gran Bretaña, se celebró el tercer centenario de su nacimiento. Su ciudad nata1, Stratford on Avon, en el Condado de Warwickshire, fue un centro de peregrinación mundial todo aquel año. Allí pudimos visitar la Iglesia donde fue bautizado—Holy Trinity Church; Anne Hathaway’s Cottage, casa de la que luego sería su mujer —en las afueras de Strafford; New Place —lugar de su retiro hasta su muerte, todo él lleno de recuerdos personales; Shakespeare´s Monument, en las orillas del apacible Avon y como fondo el Shakespeare Memorial Theatre, donde se representan para admiración de propios y extraños por la Compañía Nacional todas sus obras. Este magnífico teatro fue inaugurado en 1879, al haber sido destruido por el fuego en 1926 y nuevamente edificado por suscripción popular (la mitad procedente de USA) en 1932.

El teatro de Shakespeare es y ha sido un espectáculo inolvidable y sinigual. Su contemporáneo Jonson dijo de é1: “He was not of an age, but for all time”, juicio que se ha cumplido plenamente. Y su grandeza no se ve empañada siquiera por la nebulosa que rodea su
personalidad y su obra en general. El joven Shakespeare se educa en la Grammar School de su ciudad natal, a donde acuden los hijos de la “gentry” o familias de clase media como la suya. Estudia los clásicos pero no a fondo. Sus conocimientos de historia, leyes
y geografía eran muy limitados: famosa y errónea es la referencia a la ”Costa de Bohemia” (Sea-coast of Bohemia”) en Cuento de Invierno”. El problema es éste: no es posible que el autor de tales obras teatrales y tales poemas sea un hombre oscuro y de origen relativamente humilde sin más conocimientos que los recibidos en la escuela secundaria. El profundo conocimiento de las lenguas y la literatura, el derecho, la historia, la geografía y las costumbres de palacio y del folklore (palabra que en su etimología germánica no significa sino “conocimiento, sabiduría del pueblo”) exhibido en sus obras, no es posible sino en un hombre con una extensa  formación y educación universitarias. No sólo eso: las agudezas de ingenio, los acertijos -puns-, el acertado uso de la comedia dentro de la comedia, las falsas identidades, el uso del símbolo y el emblema, los juegos de palabras, la sátira y todas las artes conocidas y desconocidas de todos los poetas juntos . Su ya citado contemporáneo Ben Jonson le atribuía “small Latin and less Greek” pero esto no era extraño si tenemos en cuenta que estamos en pleno Renacimiento y que los universitarios hablaban y escribían todavía en Latín—Thomas More escribió su inmortal ”Utopía” en esa lengua. El rey Enrique VIII podía conversar en Latín con Margaret More, la hija del Canciller y luego Santo Tomás Moro en el jardín de éste, tal y como aparece en la obra de Robert Bolt ”A man for all seasons” y que en cine hemos podido ver hace unos años bajo el título de “Un hombre para la eternidad”:

                                              —Antiquone modo Latine loqueris, aut Oxoniensi?
—Quem me docuit pater, Domine.


A Bacon y a los otros University Wits (Greene, Peele, Kyd, etc.) se les atribuyen sus obras, pero sobre todo a Marlowe, que, acusado de ateísmo y homosexualidad fingió ser asesinado para huir a Italia y desde allí, según esta hipótesis, enviar a un actor importante, Shakespeare, sus obras, limitándose él a poner su nombre en el Manuscrito. El que ningún manuscrito de sus obras haya llegado hasta nosotros se toma como una evidencia más de que eran destruidos, una vez impresos, para ocultar la identidad de su autor.

Pero volvamos al Shakespeare de Stratford. En 1592 ya se encuentra en Londres, donde uno de esos Univeraity Wits, R. Greene, lo llama entre otras lindezas Shakescene”—i.e. agitador o perturbador del teatro —en lugar de Shakespeare y  naturalmente con mala, pésima  intención………./

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO «VELO RASGADO» DE J. MENA

Cuando JUAN MENA me llamó para pedirme la presentación de su último poemario «Velo Rasgado» (V.R.) -y van ya varias decenas- y al aceptar yo finalmente debido a su insistencia e interés, no era consciente del compromiso y el riesgo que corría. Cuando tuve el libro en mis manos y comencé su lectura mi temor se convirtió en inquietud, mi duda en desasosiego. Estaba ante un libro de poemas no al uso. Un libro de una técnica fácil pero de una hondura e inspiración difícilmente superables. Sulectura me llevaba de asombro en asombro. Después ya fue todo un reto. Yo quisiera ser muy objetivo, extremadamente objetivo en el juicio y en la crítica, no sé si lo lograré. No quiero caer en el elogio fácil, en la adulación estéril, en la lisonja inútil y gratuita.  Todo crítico -y si es de poesía más aún- debería tener como meta el juicio de Séneca: «Prefiero molestar con la verdad que complace con adulaciones». Rehuiré éstas  y me moveré en los límites de la justeza y la objetividad más estrictas. Difícil misión, en cualquier caso, porque es perplejidad lo que el libro causa desde los primeros versos. Admiración sincera no sólo por el tema que trata y por la inspiración con que ha sido escrito sino por el resultado, producto de una técnica poética sin fisuras, sin desmayos.

          Acabo de decir que éste no es un poemario al uso, un libro de versos más. Dudo que Juan pueda superar en el futuro las altas cotas y registros, las cimas de inspiración poética, la profundidad intelectual, la emoción estética, la riqueza temática que V.R. alcanza. Y lo dudo porque, sencillamente, no me parece posible. El título del libro  no es aleatorio o caprichoso. Es consecuencia de la cita de San Pablo que aparece en la página primera. «Mas cuando se vuelvan al Señor, será corrido el velo» (Corintios, 3, 16), cita que, por otra parte, justifica el posterior desarrollo y contenido del poemario. Digamos también que V.R. es para este crítico la culminación de una esplendorosa carrera literaria y estética, la subida a las cumbres de un particular Himalaya lírico, la ascensión a un Monte Tabor de la más pura inspiración.

          Pero dejémonos de florituras retóricas y cojamos de una vez este toro por los cuernos del análisis y de la crítica, del despiece y de la vivisección quirúrgica. La cirugía que les propongo requiere por parte de Uds., admiradores y amigos incondicionales del poeta, algo de paciencia y mucho de esfuerzo intelectual y ello porque estamos ante un libro filosófico-religioso. Es ésta pura poesía trascendente y trascendida y no sólo por el modo de discurrir con sutileza de estos veros. El Prof. Peñalver decía hace unos días a propósito del homenaje que se le hacía por su jubilación que los problemas eternos en la dialéctica cuerpo/alma, bien/mal estaban superados en el mundo moderno. Pues bien, estos versos quieren demonstrar que no es así, que los principios y doctrinas encardinados en el viejo Gnosticismo están presente y que siguen siendo tema de preocupación vital y especulación filosófica porque es difícil superar o dar la espalda a una concepción fundamentalmente dialéctica y dualista de la realidad. V.R. es una muestra de ello.

          V.R. está estructuralmente dividido en tres partes pero el análisis y estudio de cada una de ellas no es posible sin una idea clara del universo en el que el poeta se mueve y que trata de presentarnos, un universo que no es otro que aquél que se deriva de la gnosis griega, del conocimiento revelado. La gnosis es sencillamente conocimiento vivencial, experimental, una enseñanza que permite al ser humano obtener información real de sí mismo y del mundo que le rodea. Hablemos, pues, del Gnosticismo siquiera sea someramente. Sin una idea clara del mismo no sería posible entender nada de lo aquí subyace, de lo que alienta por todas las páginas. Cada verso, cada idea, cada palabra de este poemario nace, está imbricado, se desarrolla en, por y desde esa doctrina. El Gnosticismo es un movimiento religioso esotérico que floreció durante los siglos II y III y supuso un desafío para la cristiandad ortodoxa. La mayoría de las sectas gnósticas profesaban el Cristianismo, pero sus creencias eran diferentes a las de la mayoría de los cristianos de los primeros tiempos de la Iglesia. Para sus seguidores prometía una conocimiento directo del reino divino. Chispas o semillas del Ser Divino cayeron desde este reino transcendental hasta el universo material, que es malo en su totalidad, y fueron encarceladas en los cuerpos humanos. El conocimiento podría volver a despertar a esos elementos divinos que de este modo volverían a su propia casa  en  el  reino espiritual.  Valentín y su discípulo Tolomeo fueron los gnósticos cristianos más influyente en la Iglesia de Roma durante el siglo II.

          El Libro o Parte I es de contenido esencialmente pitagórico. A Pitágoras, filósofo y matemático griego, se le atribuye «la doctrina de la transmigración y la ascesis contemplativa para asemejarse a Dios», según apuntan las Notas Orientativas que el autor añade con muy buen criterio a cada parte. Al mismo tiempo, Platón en sus Diálogos de Fedro y Fedón afirma que el cuerpo es una prisión de la que debe liberarse el alma y en «La Caverna» .Ese pitagorismo/platonismo es el que impregna esta Parte I. En efecto, las doctrinas de Pitágoras afirman que el alma sobrevive a la muerte física, siendo inmortal y quedando confinada en el cuerpo, tras una serie de renacimientos en otros cuerpos y, siguiendo a cada renacimiento un periodo de purificación en el Averno, el alma queda libre para siempre del ciclo de reencarnaciones. Platón, a su vez, sostiene que el alma es eterna, preexistente, y por completo espiritual. Una vez que ha entrado en el cuerpo tiende a hacerse impura por su asociación con las pasiones humanas; sin embargo, conserva un mínimo conocimiento de las existencias anteriores. Si el alma ha tenido buen carácter en sus diversas existencias puede regresar a un estado de ser puro. Pero si su carácter ha continuado deteriorándose en sus transmigraciones acaba en el Tártaro, el lugar de la eterna condenación. Esta idea de la transmigración nunca fue aceptada ni por judaísmo ni por el cristianismo ortodoxo, pero si por los gnósticos, entre otros.

          Cuerpo y espíritu se reparten por igual el protagonismo de esta Parte I. Es cierto que Occidente había conocido desde la Antigüedad el auge del maniqueísmo pero las doctrinas de base gnóstica y dualista desaparecieron sin dejar rastro hasta bien entrado el Siglo XI y, sin que puedan determinarse todavía hoy los motivos exactos, el dualismo reapareció con fuerza y en proporciones alarmantes en algunas zonas del viejo continente. Los «Pobres de Cristo» (Pauperes Christi) de Colonia, verdaderos paladines de ese dualismo cuerpo-alma pronto fueron exterminados. Pero enseguida volvió a reaparecer en distintas zonas y con diversos matices e interpretaciones. Fue en Lombardía en 1145,  según el cronista ortodoxo Anselmo de Alejandría donde los disidentes adoptaron por vez primera el calificativo de «cátaros» (puros). Para ellos el mundo era un campo de batalla en el que se oponían las dos fuerza primarias del bien y del mal, identificadas respectivamente con Dios (lo espiritual) y el Diablo (lo material). Al principio del bien, creador de los ángeles, estaban asociadas las almas, consideradas fragmentos del espíritu encadenadas al cuerpo. O a los sucesivos cuerpos, animales incluidos, ya que numerosos cátaros admitían la migración de las almas. En realidad, aunque el catarismo insistió siempre en la validez de los Evangelios (no así el Antiguo Testamento, que consideraba expresión del mal) la conciliación entre el dualismo  el Cristianismo resulta imposible. Por lo demás, rechazaban los sacramentos y los ritos de la Igleisa. Negaban el valor de juramentos y el derecho de castigar el mal. Recomendaban el suicidio y rechazaban el matrimonio. Se dedicaban a predicar contra la Iglesia y atacarla, incluso violentamente. Sus ideas socavaban los fundamentos de la sociedad, por lo que encontraron oposición no sólo en la Iglesia sino por parte de los Estados. Les pido perdón por estas farragosas notas históricas, pero no tratarlas impediría entender esas coordenandas en que se mueve el poemario de J.M., sobre todo en la Parte I. La gnosis es el caldo de cultivo en el que se ha gestado y levantado este magnífico corpus poético titulado V.R.

          Centrémonos en esa dualidad cuerpo-alma que configura esa Parte I. «Los hombres están en una especie de cárcel, y no son más que una de las propiedades de los dioses», escribe Filolao. Para el poeta «cuerpo» es «casucha miserable»:

  •                                                     Cuerpo mío, casucha miserable, te ruego
  •                                                     perdón porque no he sido parco y buen inquilino
  •                                                     como agradecimiento a tu hospitalidad,
  •                                                     anfitrión de mi espíritu, refugio y frágil nave
  •                                                     que he de llevarme a la otra orilla del Leteo.
  • El cuerpo es también «viejo barco» y, sobre todo, «cadenas» y «condenas» que atan el espíritu. Le llama «cansado y viejo compañero»; «celda», «hospital», «pudridero»:
  •                                                                 Cuerpo, cansado y viejo compañero,
  •                                                                 barco mío en un mar de cada día,
  •                                                                 zarandeado en esta travesía
  •                                                                 que es vivir, oleaje aventurero.
  •                                                                 ¿es que fue limitado tu alfarero,
  •                                                                 o yo otro barro no me merecía?………………/

 

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