Prosas líricas

 

Este poemario, uno de los primeros que escribí, está en el purgatorio poético, a la espera de que una revisión a fondo pueda redimirle de sus enormes pecados y pueda alcanzar la gloria del Olimpo poético. A estas altura de la vida,  el autor no sabe muy bien si lo logrará o si merecerá la pena. Aún así he creído conveniente convertirlo los poemas en prosa poética e incluirlos aquí todos. Obra primeriza y objetable bajo cualquier punto de vista poético. Para el autor sólo tiene el valor de ser el inicio de una trayectoria, hermosa en cualquier caso. 

                         PROSAS LÍRICAS

                   ________________

 » ……………………………… nadie sabe

si es de vuelo este pájaro o de llanto».

(LUIS ROSALES: «Rimas»)

 

“Eres un hombre, te dijeron.

Y fuiste con los hombres a medir

tu estatura a su lado.

Y les diste la mano y la palabra,

mas creció su silencio en tus orillas.

(RAFAEL ALFARO: “Tal vez mañana”)

GÉNESIS

Y tomó cuerpo la mujer. Recién creada estaba. Dulce y cándida  llegó y quiso ser cofre,  santuario y urna para el amor total del hombre, fruta prieta y jugosa, nido cálido y oculto para engendrar y madurar los frutos hasta entonces nuevos, desconocidos. Crisol sus labios se hicieron.  Fraguaba y gestaba sin tregua la eternidad del mundo. Como doncella ante el fuego. Como fuente, tierra sedienta, fértil surco. Como fruta perfecta, agua torrentera y ciclón amable. Y hubo conjuros, naturales equilibrios, cósmica fusión: el fuego viril fecundó el agua y el agua virgen se tornó fuego ingobernable que vino a dar elementos fecundos, materiales  y genéticos. Los unió una pasión desmedida, telúrica, brutal y se multiplicaron, fueron miles los Hijos de la Tierra. Hijos y nietos. Innumerables fueron sus vástagos, todos ellos mortales, cainitas. Se extendía así la semilla primigenia. Tenía ya futuro, orden y raíces este mundo. Ella y yo, invisibles propagados, presentes y futuros, sembrando y cosechando, mutuamente hostigados, de labio a labio, de piel a piel, música venida de las venas, sueño del aire y paraíso. Oficio irrenunciable éste, cruel dolencia de hombre y de mujer

 ELOGIO DE LOS HUESOS

Con hábiles caricias he llegado a tu cuerpo, he palpado un delirio que lo he llamado amor, entrega sin más límites. Carne te creí, que de plata eran tus huesos mas hoy he visto de cerca tus sienes y  tu frente, tu nuca delicada hecha toda ella de hebras amorosas, sembrada de un rubio, inasible, suave plumón de ave o de paloma. Tus ojos repetidos, fabricados con técnicas de nácar, azul y pedrería, tus oquedades y vacíos. He tenido muy cerca la compleja estructura de tus piezas vitales, los planos, las aristas, sus crestas y  sus huecos. He besado al fin tú cráneo tan blando y diminuto y han sido en mis manos tus senderos, tus carnes animales, amados y lamidos como amo y silabeo el nombre deseado e intocable de Dios.

 EL CORAZÓN DEL MUNDO

Eras como la llama de todos mis incendios, como la flor del heno, toda azul y suave. Entregada mil veces te tuve, poseída, y eras en mis brazos un firmamento infinito de besos y de estrellas y de dolor creciente. Las manos yo extendía para tocar tu cuerpo y encontraban mis manos los ríos de tus pechos. Eran como dos ríos caudalosos y anchos donde tu carne niña se hinchaba, se crecía y el mundo delirando de temor y deseo. Eras como un mar que se tendía ante mi lengua pidiendo con ternura mis naves y mis remos y eras como un campo sembrado de caricias donde tu piel bebía mi angustia y geometría. Pero te hice bastión de mis deseos, columna torneada y bien alta para todas mis caricias de hiedra combativa, para mi hambre cósmica de sátiro salvaje. Mujer, cruel y amada,  alma mater y gozo de este mundo.

 

CRUEL OFICIO

Se me ofrecía generosamente. Se daba, se entregaba dadivosa, su perdida mirada era en mis ojos territorio de júbilos, de sal y de promesas. Un silencio de avaros cubría nuestra ofrenda,  vino de amor mojando nuestros labios. Celeste furia la llamé, dulce furia enamorada que empapó la tierra de oro, de becerros, de ciega idolatría. Ella y yo en mutua entrega, nacidos para el amor y el olvido de Dios, unidos para un presente cargado de luceros y nuevas primaveras. ¿Qué era para nosotros ya el futuro? Fuera del tiempo, arrojados, ¿no estábamos muertos aunque vivíamos? ¿A quién importa lo que se ha perdido, lo ausente o lo imposible? Lo que nadie anhela, ¿no está ya muerto?  Amaneceres, tardes, mediodías, noches, ciclos completos presenciaban con asombro un abismo enfurecido de manos y de brazos, de piernas y caderas, unos cuerpos ebrios de hermosura, delicados, unos cuerpos que vivían, sí, pero morían destruyéndose, el uno frente al otro, brasa junto a brasa, edénicas pavesas: el hombre y la mujer sembrando su destino. El hombre y la mujer, frágiles esclavos olvidados de sí mismos, presos de los párpados, de los dientes, de la iniquidad del otro. El hombre y la mujer rodando por las calles, besándose en las sombras, a plena luz fundiéndose, perdiéndose en idilios de músicas pausadas, en atisbos de músicas frenéticas, mordiéndose los pechos entre crueles alaridos de perros acosados y hambrientos.                       

LA BELLA DE LA ORQUESTA

La mano es quien prodiga el torrencial y acústico milagro de las cuerdas. Brillos de música trenzan los aires. Con ira o con caricia fecundan el vacío ya no estéril y su presencia es sólo un trazo tenso, moroso o distendido en claroscuro que asciende quedamente  hasta la leve paz de los arpegios. Aquel tocar y acariciar del arco en útiles caprichos de armonía le dio la plenitud de mística y de bella.  Tanteos delirantes que levantan torres y apocalipsis de sonidos. Y todo acaba al fin, se desmorona en un triunfal y único estallido. La música tomaba el aire y el níveo perfume de sus notas subía hasta los techos.

 EL TREN

Capitán de la noche, corcel de los raíles, albas amarillentas y ahumadas que descubren los temblores, los misterios impávidos del suelo, los párpados del aire, la neblina.  ¿Adónde lleva la desnudez suave, la distancia paralela y simétrica del hierro y sus caminos? ¿Qué fin amoroso, elemental o triste espera allá donde perdió el desierto la grandeza, su silenciosa y cálida armonía? Allí el futuro viento, la espesura de los juncos se desplomó entre truenos de ruedas y émbolos de furias. Más allá, más allá se extiende el ala y pasan los espejos dejándonos la huella balbuciente de la luz cosida a la retina, se revela como constelación de signos zodiacales derribados sobre un pasaje agreste de galopes donde el río, los árboles callados, las colinas de cuerpos inasibles, los negros agujeros del abismo son sólo parte muda de lo ido, de lo que se alejó con el aullido del tren atolondrado, enloquecido y resoplante.

JARDIN ESCONDIDO EN DEVONSHIRE

Húmedas fuentes que en rosal germinan, alas de abeja que en los brezos pastan, horas de azul, suicidio de la hierba cuando el sol con su rémora de rayos y colores esconde su espiral de óptica y de párpados. Así flotan los vidrios detrás de los sauces enjutos y exangües abedules. ¿Qué es lo que tanto fulge y balbucea, qué tiembla o sobrevive? Altos vuelos que crujen en el viento: insectos fueron, lo son, telar y urdimbre de trémolos y trinos, murmullos de corolas y marañas que exudan en los tiestos, que hasta las sedas y el almizcle hablan. ¿Es misticismo ver el sol morir besando a los narcisos?

EL AMOR QUE NO APAGA SUS PIRAS (La Venus de Milo)

Blanca materia donde todo asombra, pulpa o carne, nada es mármol si la bella estatua, oh frío abrazo apetecido, cincelada fuera por amor. Heredado candor, soplo y aun gesto que los dioses donaron a las bellas korai de la vieja Atenas, silenciando por siglos la belleza de aquella griega, increíble muchacha, elegida entre miles de inocentes doncellas para esposa de un Ares exilado y celeste. Goce tangible, suprema turgencia que a la materia dio el canon secreto de aquel joven artista de cincel ignorado retocando los purísimos senos cual dos hostias blanquísimas, el cendal de los labios, la desnuda heredad de los muslos con sus besos de nieve que en la polis se oyeran, que todavía se siguen oyendo. Y tú, blanca, pudorosa muchacha que soltabas tus nudos en el oscuro taller del maestro toda triste y silente, que aflojabas la gallarda prestancia de los gráciles peplos de tu piel pura envidia, con el torso desnudo de los mármoles frescos hiciste sublime a la roca, inmortal a tu raza, de la historia, una música eterna  y sencilla de amor y renuncia.

UN LEGADO ES EL CAMPO

Un legado es el campo de luz y vegetal y tórnanse amados los confines  de lívidos azules fugitivos. Asume el ojo los vahos de la niebla, alados, perezosos, las velas solitarias de las nubes y un blando viento que esconde su vigor en el guante más sumiso de las hojas. Gimen las ramas sin apenas voz, calvas y espiantes. Cruje el sendero sus huesos resentidos con tanta ración de espera y de secura. Mas dejan las pisadas sus calaveras de harina y removido polvo, me paro, las contemplo y considero cuán larga es la crujía de lo recorrido, de lo que queda por andar, cómo se toca y siente entre los dedos los detritus del frío mañanero, mis manos ateridas,  la piel, sus pormenores y restos de quejumbre, las fósiles arrugas salitrosas que el viento ya no puede restañar. Mas no todo es el tacto. Más arriba es la frente, Partenón sin centauros, su inocencia traslúcida donde el mundo habité con su gracia tangible, donde creció la magia amorosa del iris, el candor desgranado de los ojos.

 

A ESTE LADO

A este lado del mundo está el mar, su paisaje de arenas bruñidas. Está el mar y no es extraño su canto,  sus laureles de espuma, cristalera de risas cuando el sol bautismal se derrite con oros, con arpegios de lluvias azules que ponen sus bridas al pulso del viento, pulseras de sal a las piedras, rituales abrazos de música a sus playas gozosas. Un collar es tu suerte, inocente tu tálamo y tu luz y esplendor tu derrota pues te hiciste sureño. ¿Qué signos encierran esos ojos, aquí, donde el sol entre aguas se hace música y poema? ¿Qué hilos tejieron tus telas, tus redes tan vibrantes de giros y de danzas, y de sueños? Aquí, donde sabes que eres reliquia perenne de conchas, sargazos, esplendor del palangre, regocijo feliz de la breve calina, albergue pluvial de mil despojos, heredad de la brisa. Aquí, donde evocas tumultos de amarras y lianas, de gráciles cantes, caminos del viento que abrieron las duras proas. Tú, mar del Sur, mi Sur, milenario, solar, verdoso y marinero.

 

LOS CRISTALES DEL FUEGO

Escancia el fuego su vitral de lumbres, velos de oro que semejan sangre, giros nacidos de los mimbres, cíngulos para que fuera eterna la madera, para sentir el alma de la llama. Fogoso este aposento de cristales llenando los caudales que abrió el hacha con gárgolas de entregas y arreboles. Claustro devorador y laberinto que haces un cenáculo con las danzas que teje la humareda. Oh libertad, dorada libertad de sedas y de clámides vestida, alta llama, ¿qué quedará de ti cuando el temblor que te sostiene caiga, se diluya en fermentos de escoria y de ceniza? El fuego fue primero, es cierto, ciñó al mundo que fue ante todo pábulo de alucinantes hullas, circular espejismo que vio nacer al hombre, las plantas y los pájaros, mantuvo trepidante su alcoba y territorio y presenció la espada abrasadora del ángel más rebelde, su belleza terrible, su gritó de exterminio.
                                          •

BAILES A LA RUEDA RUEDA EN LA MADRUGADA NAVIDEÑA

Olvidadas del alba, de perros y rocíos, con su voz de durazno curado en mil licores, la solera de un viento color de la caoba y oliendo a besos agrios sus carnes de carmín, corrían por la plaza creyéndose princesas, nalguitas primorosas, sabor a chantilly. Oh mascaras de niñas nacidas Cinderellas que encuentran sus amores con cómplices argucias y encienden su libido a golpes de canción. Se sienten sus jadeos, sus gritos de sentina, sus bailes a la rueda y el beso que se hiela en la boca de un príncipe imposible, de un  histrión pendenciero, robusto y altanero, bobalicón y gris.

LA HERMOSURA COLGANTE DE LISBOA
Abrió al mundo su amor sobre los puentes  la hermosura colgante de Lisboa. Tarde sorprendida por tanta luz que el Tajo no rehúsa. Todo asombra y fulge entre navíos. Y así Lisboa toda feliz como una alondra tendida en las orillas, quemando a toda prisa sus torres de Ilión. Diosa de la Montaña o gozo del poeta que como en Tempe, Delfos y en otros mil lugares tornara posesión del visitante incauto que el Niño condujera atado a su carcaj. Y lo demás, un ámbar esparcido simplemente, una lluvia de azules y de grises que se abrazan, que caen de repente temblando sobre el mar, corriendo hacia el secreto adusto de la noche. En los aguajes, desdibujadas quillas, turgentes velas, mástiles, obenques.
Lisboa, Agosto de 1.980.

 

HIJO DE LA TIERRA

Sigo siendo hijo de esta tierra…
                                              (ANDRE GIDE)

Venimos desde lejos, desde antiguo, ésas son las evidencias. No soy de ayer ni soy de hoy pero me aterra este carácter de polvo interminable, de tallo indestructible que siento propagarse por las venas a semejanza e imagen de no sé quién. ¿Es esto ser eterno? En esta dimensión de inmortal signo,  de mito decadente y, sin embargo, alérgico al sepelio, me fijo en el reloj, me aferro a él como a la vida, con uñas y con dientes, vocifero por mis adentros predios (tan comedido como dicen soy), apostrofo a la carne y su destino, me muevo por el cuarto este alquilado con paso regular y taciturno, desnudo mis vergüenzas algo sudadas (y conste que mujer no hay), escribo cuatro versos mal hilados y me pregunto con sonrisa de viejo socarrón si lo que hago es ser poeta o una manera nada nueva y más bien tonta de amasar el pan del descontento.

EL ÁRBOL VIEJO

La bondad del árbol creó el regalo de la sombra, el beso del hogar y del refugio. El árbol, el que salió al encuentro del paso palpitante, de los tórridos talones pedregosos. Los alivió su mano de madera y bienhechora. Llegué una vez buscando la espesura del árbol y su sombra y hallé su copa madre y bien amada, la copa, amor del viento y del paisaje, la novia eterna de las estaciones. Se empapaba de ala y acrobacia la hirsuta cabellera de aquel árbol huraño y olvidado. Árbol rudo, silencio vertical y viajero. Aquel que pronto amó la honda herida en la que lo enterraron y fue fiel a su destino, pues desplegó raíces y veletas, se tornó visible y altanero y alzó su cuerpo invariable con lenguas y ramajes, con sombras y osadías. Ya no eres viejo, triste árbol. Ni tan siquiera árbol, árbol que todos te tuvimos, árbol que todo nos lo diste y que de tanto dar no tienes ni los restos nobles de tu rugosa, esbelta y cósmica osamenta.

 

SE OYÓ LA VOZ


Se oyó la voz por vez primera. Se hizo sola y golpeo la tierra. Llenó los aires de dulces signos y los hirió como el granizo duro. Y no otra vez sino por vez primera  salió del ojo o de la boca como un rumor antiguo y ya perfecto, con un fluir inacabable y grato. Y otra vez se derramó la bella voz dulce y naciente como un torrente ya para llevar sobre su espalda la vegetal constancia del deseo, la necesaria permanencia de la idea. ‘Luna y otra vez el nuevo oído se inclinó ante la sombra de algo extraño y reticente, un sonar recóndito y liviano de mucosas, una palabra absorta y contenida que conmovió la inmóvil mansedumbre de musgos interiores, de anhelos y conceptos.  Dichosos fuimos al ordenar los salmos, la súbita oración que se estrenaba, la firme arquitectura de la confusa idea. Y así, la triste soledad de los amantes creció sonora, melódica, sincera.

CLAMOR DE LUZ

Creció la sangre o el esperma como un contento mar en aquel cuerpo. Tenía la belleza presagiada del velamen que listo está para la historia. Vivir es propagarse, amar, lanzar hacia el futuro el pálido muñón de un alma recién hecha, ligera, inextinguible. Lo que queda del amor es como un punto, una evidencia que se crece y crece como una luz recóndita, lejana, como una torpe mariposa prendida en el rescoldo de un beso cálido, de un suspiro, de una caricia amante para llenar la vasta soledad del pecho ciego, la soledad que nos clausura y ciñe con sus tenaces dedos y oquedades.  Hasta su fin creció la sangre o el esperma y maduró. Dos ojos le nacieron para mirar las cosas y negros fueron para tener en ellos la noche y la hermosura. Para tocar la tarde le nacieron dos manos y mil huesos que formaron el párvulo madero primogénito. Dos pies le hicimos para pisar la nieve, el barro y la tristeza. Robusto y firme creció el hijo del hijo de la tierra: un pecho de bronce, razón del polvo, humus de la ansiedad, noria del llanto, clamor de luz o de cristal. Y eso fue aquel hijo desde su origen. Hasta que en él se hinchó la vena, izó la mano fratricida de la furia, vislumbró una sombra de fósil y quijada y golpeó hasta sangrar al ángel y a la tarde. Y llamé Caín al primero y a todos los futuros homicidas.

EL RAYO INNUMERABLE
Pero volvió el rojo sol al campo, al bosque, al agua, a las espigas. Llenó  todo el espacio de trino y transparencia. Navegó desde su origen hondo y apagado. Se alzó sobre las cosas y avivó las velas taciturnas de la distante aurora. Había ya perfiles y contornos, límites, volúmenes, azules geometrías. Era el imperio cegante de la luz, la fuga imperceptible de las sombras  y una arquitectura que al fin nacía hasta alcanzar la habitación del cielo, el mar inmune y libre, la pupila adormecida del aire, inmenso y vegetal. Se abrían los espacios ya talados por una niebla náufraga, calmada, convergente. Llegó triunfal la caja  de prodigios del rayo innumerable, la blanca procesión de la alegría. Si no viniera el sol, amor…  !Qué sería del mundo y de nosotros sin este rojo cuajarón que enciende la luz de la mañana!

A VECES ANTE TI

We are the hollow men
We are the stuffed men.

(T.S. ELIOT.)

A veces ante ti mis manos son dos piedras arrancadas, un dolor apagado y migratorio que cuelga y se ensimisma en un velamen de algas solitarias. Saben que AMOR es experiencia o luz del lienzo inalcanzable y transitorio como un trigal de lágrimas. ¿Qué hacer, decir, adónde ir si todo es pura ausencia de la forma, abismos bajo cero, si sienten los sentidos el fardo de la pérdida del rostro, la copia y dimensión del otro ser? Si es cierto que somos los hombres huecos, los hombres disecados. Miras, hablas, descubro tu presente, los frutos que no el árbol, atisbo foscas sombras, albatros de deseos. Un no sé qué que llega aleteando a punto de intemperie. Desde siempre miró el hombre su propia vida como una alquimia de ángel o mujer, hermoso río que nos lleva a cualquier parte y, sin embargo, es gozo de viento vegetal, canción de aguas. Lo que importa es que tú estés, que existas, que el natural vacío de los pechos siderales encuentre ya el espejo, el agua tibia, el alba a pie de luz. Y sobre todo importa la expresión, los cauces y volúmenes del labio enhiesto y aterido. Toda mi soledad es también parte del hecho de tú ser.

¿QUÉ SOMOS?

¿Qué somos tú y yo sino espías vigilantes y cautos de una muerte aplazada, invitada non grata, despótica y fría que anuncia visita alargando el largo sarmiento cobrizo de una mano cárdena, trémula? Es como decir: Una oscura estameña desposa tu carne y la mía, una hiedra felina se adhiere a los huesos, un complot interior que marchita y golpea la página limpia y vacía, la fresca alegría de los años ya idos en misterio y silencio, rebelde sustancia que esconde la vena, la piel enemiga. ¡Qué hondo, mudo ese soplo, ese gárrulo diente al acecho del albo joyel de los pechos! Mas cerremos los ojos a la tarde sangrante, teñidora imprevista de los cúmulos huérfanos, no dejemos que enturbie esta hora de dicha: esa espada voraz que aparece y de un golpe cercena el dulce vibrar de los frágiles cuerpos. O si quieres hagamos un tácito pacto: Quédate así, amorosa y tendida, deja rodar por tu vientre de corza el viento desnudo y viril de mi amor marinero.


LLUEVE EL MAR

Contempla el mar, amor, sus juegos acrobáticos, su impaciencia, su sonora materia movediza, su corpulencia  de bestia mastodóntica y festiva. Llueve el mar sobre la carne adusta de la tierra, besa tus miembros implorantes y extáticos. Tal vez el mar mitigue nuestros sueños, los que se hicieron de sed, de espera y certidumbre. Llueve el mar y erróneamente moja su ingente pabellón de azul y plomo. También  el mar es otra d6cil criatura tan inconforme como claudicante Llueve el mar desde la nube con mano limpia y labradora. Se aquieta el aire tembloroso del destronado otoño que se aleja, nostálgico de las doradas uvas de septiembre. Llega el invierno al fin con los furtivos pies del animal sumiso, apaleado y viejo. No dejes sin embargo, amor, que nos domine el luto del invierno, su pálida tristeza incontenida. Contempla el mar, sus flujos y reflujos sensoriales, sus bruscos abanicos de espumas y desechos submarinos. ¿Será feliz el mar, que es eterno, lamiendo con sus olas clamorosas los altos litorales, las playas solitarias, las barcas quietas y ateridas? Somos felices tú y yo que no somos eternos, que tenemos contados las horas y los días pero que nos amamos, nos amamos con ciega, con inmensa ternura, nosotros, los desheredados de Dios y del tiempo, llamas palpitantes y cándidas de pasión e infortunios?

CERTEZAS DE LA SOMBRA

Enmudecen, agonizan las últimas lámparas fulgurantes del asombro. El viento es una  caries que apacigua sus perros  acosados e invernales. Apenas quedan ya en el aire simples pentagramas de lamentos, ecos si, y una mano dibuja lentamente la estampa indescifrable del ocaso. Puras transparencias, cenizas amarillas que caen, se confunden en la tierra como legión de ágiles Orfeos bajando a los infiernos sin retorno de luces o Euridices.  De pronto es sólo noche, un estertor que crispa el puro mineral del ser. Queda la noche o la verdad a medias, debajo están los llantos y la esperanza de volver al día, de contemplar la luz e Dios, el alta. Queda la noche en mí, se deposita su nube gris de lapislázuli,  el mudo signo de la apagada estirpe que en mí alberga. Y quedas tú gorgoteando amor. Tu amor, que es la certeza y fue primero o al menos anterior al pájaro, a la planta y a la hulla, una áurea o sensación inexpresable sobre la piel sedienta, desfalleciente, inerme.

 

UN DIA TE IRAS

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.

(J.R. JIMENEZ)

 

Y le dije: Un día te iras. Nos iremos un día. Tal vez pronto. Dejaremos atrás esta luna tan pura y remota, plenilunio de plata que brilla y que gira como blanco cristal de la noche. O tal vez un sol impoluto de nubes, quién sabe si menos triunfal y metálico. Dejaremos atrás estos campos de pacíficos oros y trémulos trigos, el verdor generoso de los viejos olivos. Y los brezos, las viñas madurando cangilones repletos de un vino feliz, encendido y burlón. Dejaremos atrás este olor delirante de espliegos, lavándulas, salvias, de jara y tomillo si blanco o real que aroma y festeja los yertos y secos caminos. Esta brisa, que es viento otras veces y mueve los chopos sombríos, los álamos, la soledad de los campos, la paz de los pinos. Lloraremos, sí. Lloraremos. Miraremos atrás y seguiremos llorando, con el rostro pegado a la tierra seguiremos llorando, esperando que alguien se acerque a nosotros y nos llame en un grito: “Levántate, Lázaro”. Con el rostro cada vez más hundido en la tierra y siempre, por siempre esperando.

***

 

 

    

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Una respuesta hasta “Prosas líricas”

  1. Marisú 14/04/2014 a 2:37 pm #

    Anímate a seguirlo…. Siempre merece la pena.

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