… del cielo bajan

 

… DEL CIELO BAJAN

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Los hijos  de Don José Castellano y de  Doña Leonarda Sánchez de Albornoz —ya difunta— tenían en común unas cualidades que eran perfectamente conocidas por los componentes de la mejor sociedad rondeña de los años cuarenta y cincuenta, sociedad a la que pertenecían por derecho propio. Los tres — Pepe, Rafael e Inés—, ya en la mayoría de edad, no pasaban del metro cincuenta y cinco, estatura o falta de ella que compartían  con sus preclaros progenitores, lo que no es de extrañar siendo la madre Naturaleza tan estricta y regular en aplicar sus leyes y costumbres genéticas.

Los tres hijos, aunque hermanos de padre y madre, no se tenían el más mínimo cariño ni respeto, compartían mal sus migas y peor sus juntamientos y dirigirse la palabra en público o en privado era suceso más que notorio y bastante infrecuente. Por si fuera poco, los dos varones se dedicaban, cada uno por su cuenta y riesgo, a extraños monipodios y, émulos de otra famosa pareja de pícaros, no daban golpe, palo al agua ni manotazo a mosca volandera que se terciase.

Para los componentes de la mejor sociedad rondeña todas estas cualidades eran tema recurrente de conversación y chacota, como no podía ser menos, sobre todo porque los Castellano vivían en esas fechas por encima de sus posibilidades, pero también porque siendo tan menguados en su físico trataban al resto de los mortales si no con vileza o desprecio sí con suficiencia rayana en la arrogancia y la altanería. Quienes mejor los conocían aseguraban que no eran soberbios ni mala gente sino serios, excesivamente formales, algo hieráticos y bastante ceremoniosos de costumbres, en definitiva, unos snobs y unos pedantes. Sea lo que fuere, los Castellano —porque su estado de buena salud financiera y boyante prosperidad era más aparente que otro cosa— o por otras razones desconocidas,  no eran muy queridos en la ciudad, aunque sí respetados, y en aquellos años de posguerra, época en la que la cabeza solía ir cubierta con sombrero o gorra de las más amplias formas y variedades, los sombrerazos y gorrazos o las simples reverencias al paso de algún componente de tan prócer familia, de Don José el padre, de Pepe, Rafael o Inés, eran todo un espectáculo……/

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