El amor de las libélulas

If music be the food of love, play on” (Shakespeare)

El mundo del Psicoanálisis me es totalmente ajeno y, sobre todo, desconocido. Las consultas de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas son lugares que jamás había visitado y a los que me había negado a visitar. Incluso pensaba que nunca acudiría a un lugar de ésos. Los juicios y diagnósticos de estos profesionales —estoy seguro de estar equivocado— siempre me han parecido fútiles y carentes de base científica, abocados al fracaso por muy sensatos y fundamentados que parezcan estar.

Pero nadie puede decir de este agua no beberé. Y como los refranes o adagios sí tienen fundamento, a la consulta de una psicoanalista de gran prestigio y notoriedad me animé a ir, al no encontrar solución ni apaciguamiento a lo que últimamente me venía sucediendo. El prestigio y notoriedad del doctor o, para ser más exacto, de la doctora elegida tenía quizá el valor añadido de apellidarse Schüler —Dra. Schüler. Psicoanalista. 2º. C, rezaba la placa dorada colocada a la derecha del portal—. Pero no quiero inducirles a error. La tal doctora era tan española como usted o como yo. Sí debo admitir que no es lo mismo para el gran público apellidarse López o Pérez que Schüler o Hoffmann y estoy seguro que ustedes entienden perfectamente lo que quiero decir. En efecto, esos apellidos de grafía y fonética endiabladas precedidos de la titulación de Doctor o Doctora parecen tener un indiscutible caché que se refleja en la factura o minuta que luego hay que abonar por sus servicios.

Una enfermera, cuya descripción física sería incapaz de hacer en estos momentos, me introdujo en el despacho de nuestra doctora. Schüler era una mujer más bien  alta, de facciones correctísimas y con cierta complexión atlética no muy común en una profesional de la Medicina. Tenía el pelo color castaño adornado con unas mezclas blancas que le proporcionaban un aire de indiscutible atractivo, tratándose de una mujer ya cumplidos los cincuenta años de edad —de acuerdo con mis cálculos, no muy fiables, desde luego—. Sus bellos y expresivos ojos azules realzaban sus facciones moderadamente angulosas. Las gafas, de ésas que llaman “montadas al aire” y de forma ovalada, daban al color de sus ojos una intensidad extraordinaria, dotándolos de una transparencia y nitidez poco comunes. Su gesto, al estrecharme la mano, era el de una señora reservada, adusta, comprometida con su profesión. Invitándome a tomar asiento frente a su mesa, se dirigió a un pequeño ordenador —del tipo netbook— abierto y situado en una zona un tanto alejada de la parte noble de la estancia, al tiempo que me decía:

—   En seguida le atiendo. Póngase cómodo. Es cosa de un par de minutos.

Frente a mí tenía una pared empapelada en colores pastel sobre la  que aparecían innumerables títulos académicos y diplomas perfectamente enmarcados, certificando las titulaciones y méritos profesionales de su propietaria, su participación en numerosos cursos y simposiums nacionales y extranjeros, así como su pertenencia a diversas sociedades psiquiátricas y psicoanalistas, cuya presidencia había ostentado en periodos más o menos prolongados y ello, a pesar de su juventud. Al fin la tuve frente a mí y su expresión seguía siendo seria y algo esquiva. No era una de esas personas que resultan próximas, amables, en parte porque escatiman en exceso la sonrisa. Puede que fuera su profesión la que le confería esa pose que los ingleses llaman aloof, distante, reservada —y no lo digo como algo negativo, yo tengo también algo de eso—. Distante, sin más. Así iba a comportarse siempre en nuestra relación, que, por otra parte,  nunca dejó de ser estrictamente profesional./………..

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