El caprichito de Martín Roig

Es el relato más largo de cuantos he escrito. Se atiene más que otros al concepto «cuento» por su final imprevisible y sorprendente. La acción tiene lugar en un selecto Hospital Psiquiátrico y tiene como protagonista a un personaje algo enigmático por un pasado que, al parecer, nadie conoce.

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1

—A mi padre no lo vas a reconocer —dijo Carlos De Vega a su mujer Águeda mientras desayunaban a la mañana siguiente de su boda.
— Y él, ¿crees que me reconocerá a mí? —preguntó ella con un cierto deje de tristeza y decepción en su voz, ya de por sí poco festiva y luminosa a pesar de su juventud.
— Supongo que no, ¿cómo va a reconocerte si eras una niña cuando sucedió todo aquello?
El deseo de ver al padre de Carlos se lo había manifestado Águeda a su novio semanas antes de la boda: «Prométeme que cuando nos casemos me llevarás a ver a tu padre». Era un deseo al que Carlos tuvo que doblegarse por más que la experiencia que había vivido a solas en los últimos años desde la muerte de su madre y cada fin de semana tuviera que compartirla a partir de ahora con su mujer. Las circunstancias no eran nada agradables pero, ¿cómo decirle no a la persona a la que te vas a unir de por vida y que desea estar a tu lado en los momentos difíciles?
Habían transcurrido, en efecto, veinte años desde aquel frío día de diciembre en que Rodrigo De Vega, el padre de Carlos, había sido literalmente sacado de casa y metido en una ambulancia y en camisa de fuerza por unos enfermeros que habían actuado con profesionalidad, desde luego, pero también con innegable rudeza y frialdad. Para su esposa Cristina, a la que gustaba que los amigos y la familia le llamaran Cris, fue un día particularmente triste y amargo. Celebraba el cumpleaños del pequeño Carlos y la casa era una alegre jaula de grillos. Los amiguitos de Carlos chillaban, reían, saltaban y corrían de aquí para allá unos tras otros, se tiraban lo que encontraban a mano o reproducían falsas luchas sobre el césped del jardín. La madre, aunque contaba con el servicio, no sabía adónde acudir y se las veía y se las deseaba para que todo estuviera en orden y no le ocurriera a ninguno de los pequeños ningún percance. El tiempo había estado caprichoso, más bien, loco durante toda la tarde y a la inestabilidad climatológica se había unido la desazón que la señora de la casa sentía aquella tarde respecto a su marido, que, encerrado en su biblioteca, había sufrido una de sus ya demasiado frecuentes crisis de cólera y enajenación injustificadas y repentinas. Después de lo ocurrido por la mañana en la intimidad del dormitorio, la dueña de la casa había tenido que hacer de tripas corazón para llevar a cabo la fiesta ya preparada, pero lo hizo con entereza y ánimo, como sólo saben hacerlo algunas mujeres del carácter de Cris. Una gran nube había cubierto toda la extensión del jardín y pronto descargó su enorme peso por doquier acompañada de un viento frenético e inhóspito que parecía amenazar con arrasarlo todo. La desbandada de los pequeños buscando refugio en la casa fue inmediata y ruidosa, como no podía ser de otro modo; las mesas, llenas de viandas, bebidas y exornos quedaron en un instante en un lamentable estado y las servilletas y manteles cubrieron el jardín de retazos blancos a la deriva. Algunas ramas de los árboles, vapuleados por el vendaval, se habían desgajado de sus troncos y yacían aquí y allá como restos inequívocos de un naufragio terrestre e imprevisto. Luego, el sol, la cristalería de la lluvia por doquier y un césped empapado de verdor, de brillo y agua. Y sobre la seis de la tarde el grito, el mazazo en las sienes y el corazón de la Sra. De Vega: su marido, felizmente a tiempo, había sido descubierto por uno de los pequeños colgando de un árbol en la parte más escondida del jardín. Para Cristina aquella experiencia había sido tan dolorosa y traumática que ya no pudo recuperarse. Su corazón, enfermo desde tiempo atrás, no pudo resistirlo, falleciendo cuando Carlos acababa de cumplir la mayoría de edad.
Desde su ingreso en la Clínica Psiquiátrica Provincial de Asturias, institución de carácter privado puesto que las autoridades sanitarias del Estado hacía años que se habían desentendido de enfermos como el Sr. De Vega, su esposa lo había estado visitando hasta su fallecimiento todos los sábados por la tarde, a veces, acompañada del jovencísimo Carlos, volviendo justo a tiempo para merendar con las amigas que, al principio, lo cual era natural, solían hacer preguntas acerca del estado y las condiciones de internamiento que gozaba Rodrigo, pero la discreción o, más bien, la reserva que ella mantenía al respecto había hecho que unos meses después ellas mostraran al respecto total indiferencia y mutismo……/

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