El gran ideador

Sátira política en torno al tema vasco.

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«Érase una vez un pequeño territorio extremadamente hermoso situado al norte de un gran país al que siempre había pertenecido por historia, por geografía y por costumbres. Últimamente las cosas habían cambiado allí de una manera que ni los más viejos del lugar habrían imaginado, tanto es así que hasta el nombre, tan tradicional y conocido por todas partes,  había sido sustituido por otros cuyo significado y etimología apenas se conocían,  por lo que muchos de sus habitantes y de los países vecinos no sabían qué nombre darle al referirse a él. En tan bellos parajes se estaba poniendo en práctica una experiencia singular e insólita. Sus creadores no daban crédito al éxito que iba adquiriendo tan novedosa iniciativa, cada día eran más y más los entusiastas seguidores de aquel plan y, como plaga voraz, iban extendiéndose por todos los contornos de aquellas plácidas tierras unas ideas concebidas y expuestas en el siglo anterior por un iluminado orate cuyo nombre apenas le sonaba a la mayoría o lo tenía olvidado: Don Sapino. Don Sapino Araña. Aquellas ideas siempre resultaron extrañísimas, por no decir utópicas e imposibles, hasta el punto de que el  personaje había admitido sin tapujos, pero ya al final de sus días —me refiero a Don Sapino—, que todo lo que había dicho y escrito era un craso error del que se avergonzaba y arrepentía. Así, pues, cantó su palinodia.

Pero al pequeño país, ya tan castigado por aquella antigua plaga, le había aparecido  —se ve que el país era propenso a ello— una nueva luminaria del pensamiento, una lumbrera del saber de nombre X. Arkallus, aunque todo el mundo lo conocía por el Gran Ideador. Gracias a sus conocimientos, a su intelecto y a su reconocido e incontestable magisterio aquellas viejas y absurdas ideas del desaparecido Sapino empezaban a rebrotar en las conciencias de sus conciudadanos, que, por qué no decirlo, por naturaleza resultaban más bien ingenuos, crédulos y algo primitivos. Aquel éxito no tenía precedentes,  ni siquiera  en los tiempos del creador de la utopía. Para colmo, el Gran Ideador apenas tenía trato con el resto de la tribu, hacía una vida bastante apartada de los demás humanos. Vivía  enrocado en un mundo de ideas y bastardas ilusiones, invariablemente envuelto en una extraña bandera y alejado incluso de sus más íntimos allegados y consejeros áulicos, hasta el punto de que éstos nunca habían logrado verlo de cuerpo entero y es que el Gran Ideador no era un hombre común. Desde luego, él creía tener todas las cualidades, atractivo y características de un Mesías Salvador, opinión que compartía con sus seguidores./…………….»

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