El mosto de los Ronaldi

EL MOSTO DE LOS RONALDI

PREMIO “PUENTE ZUAZO”, 1996

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Piero Ronaldi era uno de tantos jóvenes italianos que pasaban en Londres una larga temporada tratando de aprender inglés. Al menos ésa era la intención de sus padres al enviarlos y en tal sentido no escatimaban los envíos de los miles de liras que fueran necesarios. Yo conocí a Piero a los pocos días de mi estancia en la ciudad del Támesis y congenié bien pronto con él, quizá porque ambos nos descubrimos mutuamente que éramos hijos de arquitectos o quizá, y es más probable, porque el Sur de Italia y España se parece tanto que nuestros caracteres -alegres, extrovertidos, vitalistas y bastante ruidosos- hermanaron en seguida. Ambos nos conocimos en La Bussola, coqueta cafetería de la zona del Westminster, zona chic donde las haya, a la que acudían muchos estudiantes, especialmente franceses, españoles e italianos y al olor de la miel, supongo, no pocas jovencitas, la mayor parte inglesas, lo que se agradecía generosamente por la facilidad que nos ofrecían de practicar el idioma y por el encanto que llevaban a nuestros días en un país tan diferente para nosotros como era Inglaterra. Piero, por otra parte, era comunicativo y alegre y cuando llegaba pletórico y feliz solía saludar Benedetto sia tu, e la terra che diventirai! Y añadía: Lord Byron!. Esta manera de saludar era una boutade,  una de tantas a las que mi amigo italiano era tan aficionado. Yo no creía en la autoría de la cita  pero años después, leyendo las Memorias del poeta romántico inglés, me topé con ella y no daba crédito a mis ojos, ¡Bendito seas tú y la tierra en que te convertirás! Aunque trascendente no deja de ser un bello saludo.

Pronto descubrí que a Piero le importaba un bledo aprender inglés, idioma que sólo utilizaba de manera algo retórica, fluida y convincente con sus relaciones femeninas. En su idioma era incontinente y divertido, pero  en la lengua de Shakespeare adoptaba un tono dulzón, pausado y cadencioso que hacía de su discurso  de asedio y de conquista un arma a todas luces irresistible. Piero era un conquistador empedernido: L’ amore, l’ amore é quello que interessa, me decía con frecuencia entre risas. Era su discurso pero, sobre todo, era aquel busto suyo el que lo hacía cosechar incontables éxitos. Su cabeza  era, en efecto, de facciones justas y redondeadas y su cabello, algo ensortijado y breve que cubría de manera intencionada parte de su frente, componían un conjunto que parecía haber tenido como modelo esas otras testas esculpidas en piedra representando césares y próceres romanos que cubrieron las tierras del Imperio romano. En aquel papel de conquistador  Piero  me  resultaba  extraño  y diferente, por qué negarlo,  y cuando se acercaba a alguna chica, siempre bellísima porque su gusto era de lo más refinado y exquisito, yo lo dejaba abandonado a su suerte que sabía inmejorable. Cuando al día siguiente le preguntaba qué tal Catherine o Alice o Pat se entusiasmaba en su idioma, y su lenguaje se llenaba de inflexiones y tonalidades que me dejaban sin habla. A lo más que llegaba era a musitar un Davvero? entre desamayado y tristón no ajeno del todo en esas circunstancias al componente natural de la simulada envidia./…………..

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