El seminarista

Es éste un cuadro de costumbres que intenta reflejar la idiosincrasia y el comportamiento de unos personajes pertenecientes a una clase social media alta de la Andalucía de posguerra,  con todo lo que de positivo y negativo tenía.

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        En casa del abuelo todo estaba sometido al más riguroso control y a la más estricta planificación y rutinaria rigidez rayanas en encorsetadas solemnidades. Era jueves  y, como todos los jueves, el abuelo tomaba su invariable y apetitosa tortilla de sesos como primer plato. El resto de la familia daba cuenta de otro menú de inferior rango pero, eso sí, el que ya había sido programado para ese día por las tías Santitos, Dolores y Carmela el fin de semana anterior. Tía Carmela, como responsable de la cocina esa semana, preguntaba tímidamente al jefe de la casa si la tortilla estaba en su punto, algo seca, fue la respuesta después de un silencio más prolongado de lo que exige la costumbre e impone la cortesía.

            El parte o noticiario de las dos seguía desgranando su larga retahíla de escuetas y bonancibles noticias en la vieja radio situada al fondo del comedor. Era una radio venerable y noble, con su caja de madera y su techumbre ovalada como las de la época, que mantenía el dial activo y encendido con su color entre rojo y ámbar durante el tiempo del almuerzo y de no pocas horas del día, horas de seriales en las que una invariable y famosa pareja de locutores congregaba, pendiente de las ondas, al personal femenino de la casa frente a la máquina de coser, a la cesta de punto o a la mesa de camilla, según las labores pendientes y la época del año. Nadie solía prestar excesiva atención a aquellas noticias que parecían sacadas no de la fría y cruda realidad de los días sino de un amable y beatífico laboratorio de sueños. Los que deseaban satisfacer su curiosidad o dar pábulo a la personal inquietud o a una contenida emoción oían por las noches la Radio Pirenaica, emisora  clandestina de extraños ruidos y enervantes tonalidades y sucesos. Y es que eran años de posguerra, que es tanto como decir años de estrecheces no sólo mentales, años cargados si no de rencores sí de tristezas, años, sobre todo, de abundantes mezquindades. No había malas noticias o catástrofes que nos fueran propias,  tampoco entrevistas en vivo, comentarios adicionales, juicios de valor sobre los sucesos, planteamientos ideológicos de uno u otro signo ni presencia ante el micrófono de lo que luego vino en denominarse comentarista político o, en una pirueta lingüística y horrenda, politólogo. El silencio de unos y de otros en la casa respecto a lo que se decía u ocurría en nuestro país o en el resto del mundo era total. Yo, desde luego, era jovencito para ir más allá de lo que oía y tener ocho o nueve años, que eran los que tenía por esta época, no daba para mucho más.

            He dicho más arriba que nadie solía prestar atención a las noticias, nadie excepto el abuelo, que las seguía como uno más de los rituales varios que regulaban los comportamientos de aquella familia de clase más bien acomodada de los años cuarenta a la que yo pertenecía  y en la que crecía en una ciudad provinciana bajoandaluza. Que el abuelo no perdía puntada de cuanto se decía  por las ondas era evidente, sobre todo cuando alguno en la mesa levantaba la voz más de lo permitido, y tío Rafael era proclive a hacerlo, porque era de un natural comunicador y festivo tendiendo a jaranero, la persona mejor dispuesta para el jolgorio, la amistad y el trato que jamás he conocido. Él era el único capaz de entrar al trapo con el abuelo y organizar debates y plúmbeas y excesivas discusiones sobre los temas más diversos, discusiones y debates que acababan siendo más que notables……../.

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