El viejo baúl

                                                                           El amor es entrega y posesión. El desamor, huida y cobardía.

 Carlos Mendizábal, cumplidos los sesenta, era un solterón empedernido y atrabiliario que, desde hacía tiempo, peinaba abundantes canas. Sus cabellos ya no tenían el brillo, la textura y la abundancia que solían, pugnando entre sí por ver cuál abandonaba antes aquella regular cabeza. Sus hombros se negaban a continuar con el porte y la prestancia de años atrás y el dandismo del que siempre había hecho gala era cosa de un pasado ido. Hombre cultivado y de gustos refinados, desde que su madre murió vivía solo en el viejo caserón de la familia con la sola compañía de su gata persa, que ya al andar arrastraba sus pesadas patitas y tropezaba alguna que otra vez debido a una incipiente ceguera. Teniendo que llevar a cabo unas obras de reparación y limpieza en el desván o buhardilla de su casa, Carlos se dio de bruces con un viejo baúl, cuya existencia ya tenía más que olvidada. Era el típico object trouvé que —al aparecer ante él— presentaba su pobre credencial de orfandad y melancolía, a pesar del papel que había desempeñado en la historia vital de nuestro protagonista. La pieza aquella era para él restos de un naufragio lejano y personal del que a duras penas salió ileso. El baúl estaba completamente oculto debajo de diversos trastos y cachivaches. Es lo que suele ocurrir con los muebles y cosas desechadas que, al dejar de ser útiles se vuelven indignas y —convertidas en un estorbo— se pierden definitivamente de vista. Son objetos fracasados y ello a pesar de haber cumplido un cometido en la vida.  Objetos que envejecen gracias al silencio y la penumbra en la que viven envueltos y en una atmósfera como la pintada por El Bosco. Allí estaba, entre docenas de objetos y enseres desvencijados y polvorientos de la índole más diversa y variopinta y de los que en menor o mayor medida apenas tenía constancia. La buhardilla era para Carlos un lugar amablemente lúgubre y encantadoramente melancólico por estar asociada a su infancia y a sus juegos de niño. Al no ser lugar de visitas frecuentes, una vez atravesada su pequeña puerta, pudo percibir  un soplo acogedor, cálido y amable, ese delicioso y pavoroso tic que Edith Wharton llamó “la gracia del escalofrío”. Y no es porque pudiera esperarse en cualquier momento la aparición de algún duende o trasgo sino porque la falta de luz, el silencio, el abandono y los recuerdos a ella asociados la convertían en un triste, inhóspito habitáculo.

Al descubrir el baúl, después de décadas de inexorables pátinas e involuntarios olvidos, los recuerdos y un río desbordado de nostalgias se apoderaron de la mente de Carlos con pesar y brío. Era como entrar en conversación si no con los difuntos —como hacía Quevedo—, sí con un tiempo ido y por ello irrecuperable. Carlos poseía aquel baúl desde hacía una infinidad de años. Es cierto que los años son una dimensión contable pero, si son muchos, la mente los convierte en innumerables y pierde los límites exactos de su cronología y la perspectiva de su existencia—. Había llegado a ser de su propiedad de una manera inusual —como tendremos ocasión de conocer— durante su época de estancia en la ciudad inglesa y portuaria de Liverpool. El precio era elevado, inalcanzable para su bolsillo. Cuando Carlos lo vio expuesto en una tienda de muebles del centro, en Bond Street, quedó fascinado por su forma y vistosidad. Le gustaba contemplarlo en el escaparate y más de una vez se detuvo ante él unos minutos para luego proseguir su camino hacia la Cafetería Baobab —lugar de moda entre los jóvenes estudiantes que frecuentaba casi todos los fines de semana para tomar un té con pastas de jengibre —exquisitez hasta entonces desconocida para él— y hablar un poco inglés con quien se terciara, mejor si era una chica, mejor aún si era atractiva—. Estaba fabricado con madera de roble y adornado con bellísimos herrajes y refuerzos dorados en cantos y esquinas que le daban un aire de indudable prestancia y solidez y de un atractivo considerable……./.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: