La huida

Un español en la Cuba castrista, trabajador en la corta de la caña de azúcar, se ve obligado a huir en compañía de una mujer joven a la que salva de una brutal agresión y terminan afincándose en la Sierra gaditana.

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El buen hombre se frotaba las manos secas y duras como sarmientos —la piel transparente sobre los largos huesos—, que acercaba extendidas a las llamas mortecinas de un fuego casi exhausto y, los ojos inmóviles, miraba el crepitar desmayado de la hojarasca y los trozos de ramas viejas de pinos que conformaban los rescoldos.

Me gustaba acercarme a su cabaña situada en la Sierra de El Pinar y no lejos del pueblo serrano donde yo solía pasar algunos periodos de descanso, Grazalema, sin duda el más hermoso de la llamada “ruta de los pueblos blancos” de la serranía gaditana. El invierno tocaba a su fin y el aljibe del que se servía la cabaña o casucha de adobe para el uso doméstico o para el riego de las plantas del pequeño huerto y de los pocos árboles frutales de la parcela estaba si no seco consumido, raquítico porque las torrenteras al ser año de lluvias habían dejado más barro que agua, más limo que límpidos veneros.

— Todo el mundo me conoce por “el cubano” y es que, aunque nací en tierras castellanas, en Valladolid, he pasado gran parte de mi vida en Cuba, en La Habana. Allí me fui, cosas de la juventud, tras el triunfo de la Revolución de Castro y del Che. ¡Un disparate! Pero ¿quién no ha cometido alguno cuando es joven? Mi verdadero nombre es José, el apellido poco importa —me espetó en nuestro primer encuentro, casual como casi todo lo que nos sucede en la vida, deambulando yo por aquellas sierras en un atardecer de luminosos crepúsculos en una explosión de rojeces y amarillos increíbles, casi imposibles de ver en otros lugares.

— Yo me llamo Manuel, así que llámeme Manolo, si le parece —le aclaré—. Tengo una pequeña casa en el pueblo que me dejaron mis padres al morir y aquí paso algunas temporadas. Paro poco en el pueblo, en Grazalema, ¿sabe?, porque me gusta patear las sierras y los valles de por aquí. Seguramente no es así porque mucho, lo que se dice mucho no he viajado, pero para mí no hay otra cosa más hermosa en el mundo.

— ¡Ya! … Yo sólo bajo al pueblo para alguna comprilla, no con demasiada frecuencia porque, ya ve, para lo que puede uno gastar aquí … Además, aquí tengo casi todo, por no decir todo, lo que necesito —me dijo, mientras se posaba en su hombro tras un corto vuelo un ave de plumaje negro que abría su cola en abanico. El cubano le pasó la mano por su pequeño y suave lomo con verdadera ternura y le brillaban los ojos en aquella cabeza de pelo ralo y blanquecino doblada por los muchos años. Era su mirada una mezcla hermosa de sufrimiento y de ternura.

— Parece una collalba. Y está coja, ¿no? —la collalba emitió un repentino chasquido como si quisiera responder ella misma a mi pregunta.

— Así es. Aquí llegó un día y aquí sigue, no se ha marchado, y eso que las plumas las tiene bien crecidas. Como yo, que un día llegué aquí cojeando también y aquí me quedé para siempre. Claro que mi cojera no es física —dijo con cierto tono de amargura y de una manera un tanto enigmática—. Este pájaro —continuó— se reproduce muy bien en las soledades calizas, entre las peladas rocas, especialmente de las laderas, y desde aquí hacia el este, hacia Málaga hay un gran número de ellos…………/

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