La infancia agraz de Pepito Serratosa

Narra las aventuras del pequeño Serratosa en su ciudad natal. Una infancia- conmovedora como la de cualquier niño- aunque  no demasiado feliz.

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La infancia es edad de sueños, inventivas y curiosidades y los pueblos, donde los niños viven la mayor parte del día al aire libre y en pequeñas pandillas o tribus en las que es imprescindible un jefe o líder y el resto pasa a ser ciega y borreguil mesnada que le sigue sin percatarse de su dependencia, los pueblos, digo, suelen ser lugar y escuela para escarmentados, de los que, según el dicho, se hacen los experimentados y, lo que es peor, los arteros.
La pandilla de la que Pepito Serratosa formaba parte era experta en inventar bromas, travesuras, golfadas y procacidades, lo que no es de sorprender, y con sólo siete añillos Pepito no sabía gran cosa de lo que de laberíntico y sorprendente tiene la vida, de su miseria y su grandeza. Con una sensibilidad a flor de piel nuestro protagonista iba a saber muy pronto que en su mano tenía una moneda, la de la vida, con su doble cara de belleza y repugnancia, de maldad y de inocencia y —a pesar de su tierna edad— ya había empezado a roer la corteza del pan que es el vivir, una corteza que para él iba a ser especialmente dura y correosa, como tendremos ocasión de comprobar.
Todo empezó una tarde ya entrada la primavera, cuando desde la Iglesia Vieja —cuatro vetustos y ruinosos paredones sin más bóvedas, arcos o techumbres— las cigüeñas bajaban a la vega en busca de retamas secas para confeccionar o completar sus nidos. Juanjo, el mayor del grupo, el jefe y líder por razón de edad, astucia y experiencia, se había reído de Pepito allí, a las afueras del pueblo donde solían reunirse, junto al pequeño arroyo, donde el frescor y la hierba verde y joven ofrecían refugio, molicie y relajamiento. Juanjo y el resto se rieron porque Pepito todavía creía que el pequeño apéndice carnoso que tienen los niños en la entrepierna sólo servía para mear o, por emplear un término más eufemístico, hacer pis. Y a las órdenes del jefe todos se encargaron rápidamente de poner en práctica y hacer una demostración conjunta de los fines para los que, según ellos, existía y colgaba el escondido «andrajillo», como le llamaban a esa parte del cuerpo, dentro de una gran variedad y riqueza de términos, muchos de ellos de inconsciente e ingenioso sentido metafórico a cual más gracioso, original y pícaro. En definitiva, Pepito, después de aquella ceremonia más que promiscua y para él excitante no tanto por los resultados como por el espectáculo en sí y la novedad a la que naturalmente hubo de sumarse con poquísimos entusiasmos porque de no hacerlo le hubieran tachado de «gallina» o de marica», pasó a pertenecer a la panda con todas las atribuciones, prerrogativas y derechos, pero eso sí, a las órdenes siempre del pequeño caudillo Juanjo. Aquellas prácticas de placer personal o mutuo, a las que Juanjo parecía ser especialmente aficionado, iban a repetirse con cierta frecuencia al amor del arroyo, sobre todo cuando languidecían los temas de conversación, por llamarlos de algún modo, y especialmente cuando la hora del día y la estación del año las propiciaban. El agua menuda y saltarina de la corriente y el colchón verde de la crecida yerba también eran testigos de todas las ideas, planes, conspiraciones, estrategias y futuras «hazañas» que había que llevar a cabo en el futuro más inmediato. El robo de almendras en la propiedad del padre de Alonsito, un excluido del grupo porque estudiaba Latín «para ir al Seminario», era una de las acciones recurrentes y de más atractivo porque casi siempre terminaban a pedradas de la honda que con gran maestría manejaba el guardián de la finca. El intento siempre terminaba en veloz carrera y desbandada:………………./

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