La muñeca inglesa

RELATO ENTRE LA CIENCIA-FICCIÓN Y EL TERROR EN TORNO A UNA MUÑECA.

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  •                                                                       La ficción debe tener un límite: lo verosímil.
  • si no es así,  solo habrá ensoñación y fábula.

 «Ni siquiera la dueña, Mónica, sabía el tiempo que aquella muñeca de extraño aspecto y estructura desmembrada llevaba en el arcón del desván de su casa. La muñeca, cuidadosamente envuelta en papel estucado y polvoriento,  se encontraba dentro de una caja de cartón que, en otro tiempo, sirvió para lo que había sido fabricada, para guardar zapatos. El juguete tenía una hermosa cabecita de porcelana que, a pesar de los años —Mónica sabía de su existencia desde que era pequeña— conservaba una frescura y brillo que el tiempo había sido incapaz de mancillar con su inexorable pátina. El rostro era, en efecto, de una hermosura y lozanía poco comunes y sus pequeñas mejillas semejaban dos cerezas en trance de maduración. La frescura y belleza de aquel rostro contrastaba con todo lo demás: los ojos —dos pequeñas perlas de ónice negro— apenas se sostenían en sus cuencas y uno de ellos erraba fuera de ella y se negaba con obstinación a volver a su lugar natural; las ropas, tanto la interior como la exterior —un vestido negro de una sola pieza que le llegaba hasta los pies— eran una mezcla de tejido y polvo difícilmente separable; brazos y piernas carecían de articulaciones y colgaban como enflaquecidos sarmientos para desconsuelo de todo aquel que la contemplaba; los pies colgaban de menudos alambres sujetos a las tibias y cada planta tenía una pequeña inscripción: Betty, —en la planta derecha— y London 1784, en la izquierda. El notable parecido de su rostro con el retrato de Isabel I de Inglaterra, atribuido a Marcus Gheersets y a Isaac Oliver, podría sugerir que el nombre de Betty no era caprichoso. Sin embargo, al contemplarla en aquel estado de deterioro, nadie se explicaba —ni siquiera la dueña— por qué aquel juguete permanecía guardado en el desván en el magnífico arcón de madera y forja—obra, sin duda, de un gran artesano—, en lugar de haber sido arrojado ya a la basura.

En uno de esos días  que las amas de casa  dedican a lo que llaman limpieza general Mónica había sacado la muñeca del arcón y recordó  el intento de restauración que su prima Blanca, restauradora de arte, en la capital del reino, le había sugerido años atrás en una de sus visitas. A Mónica le pareció que, dado su estado, no merecía la pena gastarse ni un solo euro en recomponer algo que a todas luces parecía irrecuperable. Ahora, con aquellos frágiles restos en las manos, recordó el ofrecimiento de su prima y decidió llamarla. Sí, ¿por qué no? ¡Podría quedar preciosa! —se dijo./……………

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