La túnica sin costuras. Novela

 

 

                                                                                     ANTONIO BOCANEGRA

                                                                               LA TÚNICA SIN COSTURAS

(Novela)

————————————————————

Año 2020. A consecuencia de un fallo provocado en los sistemas electrónicos de seguridad en la Sección Clasificada de la Biblioteca Vaticana desaparece gran parte del dossier relacionado con el Proceso a Lutero y su Expulsión de la Iglesia  Católica (1521). Las tensiones entre ésta y el sector más importante y radical de la Iglesia Protestante —el luterano—, que exige la revocación de dicho Proceso y la rehabilitación del Fundador de la Reforma, reavivan las diferencias que separan ambas creencias y dificultan sus relaciones y futuro, que estaban en un proceso de acercamiento y de trascendentales cambios a nivel de ritos y doctrina.

 

 

 

 

 

(Nº. Rgtro. Of. Prop. Int. (Cádiz) 3284, de fecha 28.07.97)

La Iglesia de Roma ha sido siempre y seguirá siendo una túnica sin costuras.

(Carlos I a la Dieta de Ausburgo)

                                                                                                                  PREFACIO

_______________________

La Poética de Aristóteles distingue claramente los conceptos «Historia» y «Poesía», una dicotomía que ha suscitado notables discusiones entre los eruditos. La Historia cuenta lo que ha sucedido en el pasado; la Poesía, en cuanto creatividad, lo que podría suceder, lo que sería posible en el futuro de acuerdo con las circunstancias, la verosimilitud de los hechos o la necesidad. Esta novela, La túnica sin costuras, intenta crear un puente, ser una síntesis de la famosa distinción aristotélica. El pasado, en este caso, está incardinado en la figura de Martín Lutero, en su personalidad y doctrina y en el cisma a que dio lugar; el futuro, por lo que podríamos denominar principio del fin del Protestantismo, un sector muy importante del cual —el sector luterano de los países escandinavos— desea volver a la fe de la Iglesia de Roma.

La acción tiene lugar entre finales de agosto del año 2020 y el 3 de enero del 2021, fecha esta en que se cumple el quinto centenario de la Excomunión de Lutero por el Papa León X mediante la  Decet Romanum Pontificem. La desaparición de la Sección Clasificada de la Biblioteca Vaticana del Dossier II, conteniendo parte de los Manuscritos y de los Scholia o comentarios utilizados en el famoso «Proceso Romano de Lutero», proceso que dio lugar a la expulsión del fraile agustino de la Iglesia Católica, lleva a un investigador privado de nombre Larrea hasta los países nórdicos en un intento por parte de la Secretaría de Estado del Vaticano de recuperar tan preciado y delicado material probatorio, tanto más que existe un movimiento de acercamiento y reconciliación definitiva entre la Iglesia Católica y las Iglesias luteranas de Dinamarca, Noruega y Suecia, como hemos señalado. La sustracción del dossier pone en peligro o, al menos, deja en suspenso la Reunificación, ya que existe en ese sector protestante dos viejas aspiraciones: destruir la documentación elaborada en su día por la curia romana y un grupo de expertos en materia doctrinal como prueba para el citado Proceso, y la rehabilitación de la figura de Martín Lutero, que deberá ser nombrado Doctor y Padre de la Iglesia, una Iglesia Católica gobernada por un Papa moderno y renovador, Pío XIII, que ha aprobado entre otros asuntos de doctrina y costumbre, contando con el placet  del Sínodo de Cardenales y Obispos, que celebran en esos años el Concilio Vaticano III, el matrimonio de sacerdotes y religiosos de ambos sexos, la Comunión bajo las dos especies, el acceso de la mujer a las Órdenes Sagradas, etc., etc.

La acción se desarrolla, pues, entre Oslo, Copenhague y Estocolmo, al tratar el encargado de la investigación de hacerse con la documentación, tan misteriosamente robada. Los contactos que tiene en las citadas capitales son del máximo interés  para un conocimiento a fondo de la personalidad y doctrina del polémico Padre de la Reforma, de los hechos históricos que contribuyeron al triunfo de la misma y, finalmente, del movimiento actual en favor de ese acercamiento definitivo a la Iglesia de Roma que lleva a cabo una comisión mixta, el denominado Comité para la Unificación de las Iglesias (CUI).

La localización del dossier no será tarea fácil, tampoco su recuperación, ya que se encuentra en poder del sector más radical, inmovilista y tramontano del Protestantismo militante, al que pertenece el autor de la sustracción.

Capítulo I

Los altavoces del aeropuerto transmitían el último aviso para el vuelo 4651 con destino a Oslo. En ese momento, llevado por la prisa, atravesaba yo a toda velocidad la puerta número cuatro, la que a través  de un pequeño túnel de piso engomado y paredes insonorizadas me llevaría a una plataforma-ascensor. Unos segundos después me hallaba en la puerta de acceso al avión:

— Buenos días. Bienvenido a bordo —saludaba una azafata de aspecto impecable, ojos profundos y rostro bellísimo.

Con el avión  ya completo y los pasajeros acomodados en sus asientos, accedí fácilmente al numerado 15F que se me había asignado y que, lógicamente, constaba en mi tarjeta de embarque. Ventanilla, por favor, y no fumadores, si es posible. Un minuto después el avión rodaba ya y se dirigía a la cabecera de la pista para iniciar el despegue.

La preparación del viaje durante los últimos días, el madrugón de ése y las prisas  de  última hora  para  acceder  al  aeropuerto  a  tiempo  habían  dejado en mi ánimo un estado general de aturdimiento o pasmo, una especie de embotamiento y sopor que enseguida me llevaron a apoyar la cabeza en el respaldo del asiento, aliviado, y a  sumirme en un  estado de somnolencia, semiinconsciencia y torpe duermevela. Así me encontraba cuando empecé a recomponer la serie de hechos que me habían conducido a emprender aquel viaje, no sabía si singladura o periplo, que ignoraba cómo iba a desarrollarse y, sobre todo, cómo iba a concluir. En efecto, la misión o, mejor, el caso que se me había confiado estaba rodeado de unas circunstancias tan especiales que su sentido y propósito me suscitaban no pocas dudas y cavilaciones, sumiendo a mi espíritu, ya de por sí inquieto y desasosegado, en un estado de cierta intranquilidad que, según mi mujer, se aproximaba a la histeria.

Aunque hombre del Sur, era uno de esos madrileños que llaman de adopción porque la naturaleza, circunstancias y ámbito de mi profesión me habían llevado a la llamada capital del reino a fijar allí mi residencia y a organizar allí mi vida. Y en aquella ciudad, próximo al portal de la finca situada en calle Velázquez número 17 duplicado, aparecía un rótulo dorado con la inscripción «Rafael Larrea. Investigador y Penalista». Era una profesión la mía difícilmente clasificable u homologable, pero en aquella placa había querido expresar después de terminados mis estudios de Derecho —Licenciatura y Doctorado en Penal— y mis dos años de especialización en una denominada Inn of Criminal Research de Londres, hoy desaparecida de manera inexplicable, los servicios que podía ofrecer a los posibles clientes. Las Inns, “posadas” en sentido literal, fueron en época difícil de precisar, posiblemente desde la Edad Media —y desde luego en tiempos de Shakespeare—lugares donde se reunían abogados, estudiantes de leyes, pasantes y funcionarios de la administración de la Justicia para intercambiar ideas y experiencias relacionadas con su profesión. De ellas habrían de salir con el tiempo las Escuelas y Facultades de Derecho, incorporadas ya a la propia Universidad. En efecto, en ese centro londinense había seguido estudios de Derecho Penal Internacional, Casuística Criminal, Balística, Conocimiento de Armas Ligeras, Grafología, Defensa Personal, Fotografía y Sonido, y otras materias que, se suponía, harían de mí un notable y exitoso investigador.

El caso que se me había confiado y al que acabo  de aludir tenía un sencillo origen. Un compañero de estudios de Bachillerato, en la actualidad obispo de una diócesis del Sur de España y del que apenas había tenido noticias en los últimos veinticinco  años,  Cepeda, Tomás  Cepeda, excepto   que  había  ingresado  en  el Seminario y se había ordenado sacerdote, me había llamado por teléfono en varias ocasiones y con no poca insistencia y premura desde el Palacio Diocesano en el que tenía su residencia.

  • Es el 24 de agosto del año en curso 2020, es decir, veinte días antes de subir al avión que me llevaría a la capital de Noruega, Oslo. Curioseaba yo el patio porticado del vetusto Palacio, rico en viejos y gastados mármoles pero que en su solidez y prestancia daban al edificio un tono de esplendor más que caduco decadente: Hospital Antiguo de Inválidos, había podido leer en el frontispicio que remataba el enorme portalón. De las distintas leyendas que adornaban y resaltaban la belleza imponente del claustro, aquí y allá cubierto con enormes macetones de flores algo polvorientas y de múltiples colores, con una fuente y aljibe central asmáticos y empobrecidos en sus veneros, me había llamado la atención  una, quizá por su vetustez, tal vez por la belleza y originalidad de sus caracteres gráficos propios de la época en que había sido escrito. Estaba situada debajo de la 14ª estación del Vía Crucis que rodeaba el patio y decía textualmente:
  • SEPDEUNPADRENVESTRO
  •                                                                                        YVNAVEMArîAAPLîCADA
  •                                                                                        PORELALMAqVECOSTEO
  •                                                                                             ESTAVîACRVCîS,
  •                                                                                             qVESECOLOCO
  •                                                                                             ELAÑ0DE1749,=

(Se pide un padrenuestro y un avemaría aplicada por el alma que costeó este vía crucis, que se colocó el año de 1749)

            La visión claustral era balsámica y reconfortante a esa hora de la mañana. Un halo mágico parecía descender por las paredes de aquel alto, destartalado y enorme edificio de amplias escalinatas y pisos que se adivinaban de grandes espacios desangelados en los que la falta de cuidado y mobiliario suelen sugerir al visitante más  que  los estragos del tiempo los de un esplendor pasado ya     irrecuperable. Lo más sorprendente era la espléndida escalera de tres tramos típicamente sevillana que arrancaba de un pavimento con mosaico romano de figuras y geometrías confeccionadas en colores varios. Los zócalos opuestos al pasamano de palillería labrada los componían azulejos pintados de Triana  pertenecientes al siglo XVII.

Paseaba lentamente por el claustro porticado y de vez en cuando me detenía en la lectura de alguno de los salmos y proverbios que en pequeños textos enmarcados en piedra colgaban  de las paredes de cales gastadas, ya sin brillo,  polvorientas: «Sean nuestro hijos como plantas crecidas en su juventud, nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio» (Salmo 144, 2). «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán» (Salmo 126, 5). «Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio» (Proverbios 15, 17). Siempre había admirado la belleza poética  y la riqueza lingüística que los textos bíblicos tienen y recordaba mis idas a Inglaterra donde en cada mesilla de noche de los hoteles había encontrado de manera indefectible un ejemplar de la Biblia, lo que era clara invitación a una lectura tranquilizante, poética y sosegada previa al descanso, algo que se agradecía. Una voz más que recia interrumpía bruscamente estos pensamientos:

-Ud. debe de ser el Sr. Larrea.

Me hallaba ante un hombre alto, de pelo completamente gris, de unos sesenta años de edad, fornido, con una presencia o, mejor, prestancia poco frecuente en un sacerdote, condición que delataba su traje gris oscuro de clergyman. Su sonrisa imprimía al rostro un halo de transparencia y de bondad innegables.

— Soy el Secretario del Sr. Obispo  —continuó—. Llámeme Pedro, o Padre Muñoz, como prefiera.

Le alargué la mano de inmediato.

—  Encantado. Sí, soy Rafael Larrea. Espero que el  Sr.  Obispo  pueda atenderme enseguida como me prometía en su carta —le dije con seguridad y aplomo. Su mano grande y recia no era la que podría esperarse de un hombre que ha entregado su vida a servir a Dios. Parecía una mano más apropiada para cierre de  tratos y  para  la gestión de empresas y negocios que para impartir bendiciones, unir matrimonios o derramar aguas bautismales, si es que aún seguía realizando tales oficios o ministerios—.

— Desde luego. Probablemente esté ya en su despacho  —hizo una pequeña pausa —. Le gusta este claustro, ¿verdad? Constituye el patio central de lo que en su día fue Hospital o Casa de Pobres. Aquí tuvo su sede la Hermandad Benéfica que fundó el Palacio en el siglo XVI para, según cuenta la historia, enterrar a los pobres desamparados que  morían sin  tener quien  los enterrara. También  los ajusticiados —enfatizó las últimas palabras—. Después ya en el siglo XVII pasó a llamarse Hospital Antiguo de Inválidos. El edificio y sus dependencias contenían valiosos tesoros artísticos, óleos, esculturas de la Escuela Sevillana del Siglo de Oro…, pero, amigo mío, la desamortización de Mendizábal daría buena cuenta de todo ello. ¡Una lástima! Dos bellísimos lienzos de Juan Valdés Leal, hoy desaparecidos, sobre el triunfo de la muerte y el fin de la gloria mundana parece que pertenecieron a este Hospital. Una verdadera pena, como podrá apreciar, —hizo una pausa—. Pero venga, quiero enseñarle algo. —Su voz era segura, como la del que está acostumbrado a dar órdenes y a que se cumplan, su paso, firme y rápido, imposible de no seguir. Por una estrecha portada perteneciente al siglo XVII llegamos a un bellísimo jardín con una fuente de mármol, naranjos y una palmera de considerable altura y rodeado de pequeños habitáculos a los que enseguida se refirió mi amable acompañante.

— Fueron pequeñas instalaciones que sirvieron como casas a capellanes, vicarios o criados de las monjas que ocupaban este hospital-convento. Hoy en día nos sirven de talleres artesanales y estudios. Pero no quiero cansarle más, subamos que el Sr. Obispo puede estar esperándole —concluyó.

— Ya en el despacho del Secretario, situado en el primer piso del soberbio edificio, con  una  amplia  mesa cubierta  de  carpetas diversas y papeles y con solo unas sillas de sobrio estilo castellano haciendo juego con la mesa, y a cuyo acceso fui invitado con un sencillo gesto de la mano y con un anglicanizado y escueto «Por favor», tomamos  asiento. Pareció  ignorarme por instantes mientras  descolgaba uno de los teléfonos y marcaba un solo número del dial. Su voz pasó entonces a convertirse en un amable susurro:

— Sí, Sr. Obispo, la persona que esperábamos está aquí ya —siguió un breve silencio—.  De acuerdo, Sr. Obispo —concluyó.

— Monseñor Cepeda lo recibirá inmediatamente, pero tendremos que esperar un poquitín, si no le importa —matizó. Tras un silencio algo embarazoso por ambas partes, prosiguió—: Le he visto muy interesado en la lectura de los textos con que están cubiertas las paredes del claustro. Supongo que conocerá la mayoría de ellos. El acercamiento que las Iglesias católica y protestante, especialmente la luterana, están llevando a cabo ha supuesto por nuestra parte una mayor apertura e interés por los textos bíblicos, principalmente del Salterio, base de la liturgia de la palabra entre los hermanos separados. Lutero, el gran Reformador, fue en su época de Profesor Universitario en Wittemberg el mejor estudioso y comentarista de los Salmos.

— Sí, algo de eso sabía —le tranquilicé.

— He dicho Iglesia luterana —continuó—. En realidad son las Iglesias escandinavas, la noruega, danesa y sueca, las más proclives al entendimiento con la Iglesia de Roma. Con condiciones, claro está. Nadie da nada por nada. Aunque yo soy de la opinión, modesta naturalmente, de que en un asunto como éste no debe haber ni ofensores ni ofendidos, ni culpables ni víctimas, aunque todos tengamos un poco de todo eso… Debemos hablar sin prejuicios, en igualdad, en definitiva somos hermanos, hermanos que desde hace algún tiempo no se miran a la cara, unos hermanos que no han querido saber de la existencia de los otros. Al menos así lo entiendo yo. ¿Que habrá que  actuar  con  una  inmensa,  infinita generosidad? Desde luego —hizo una ligera pausa—. El Concilio Vaticano III que sabe está celebrándose en la actualidad gracias al empuje, saber y entusiasmo de nuestro Papa actual, Pío XIII, ha sido el disparo de salida para lo que consideramos el fin de este  tremendo alejamiento, no lo llamaré cisma, de siglos. ¿Y qué tal Madrid, sigue siendo  una ciudad  imposible  para los  seres  humanos? —inquirió  con  una amplia, espléndida sonrisa dando un giro total a la conversación  o más bien monólogo, como queriendo abandonar un tema que le resultaba poco agradable, incluso diría que incómodo de mantener con un laico tirando a escéptico como era yo.

— Pues la verdad que sí, aunque ya sabe, en esta época veraniega es cuando no importa vivir allí —le dije, al tiempo que un sordo buzz del teléfono nos interrumpía.

—  Ya podemos ver a Mons. Cepeda —dijo incorporándose, una vez colgado el auricular—. Por cierto, tengo entendido que Ud. y Mons. Cepeda son antiguos compañeros de Bachillerato.

—Así es —dije sin mayor entusiasmo,  al tiempo que nos dirigíamos por un largo pasillo hasta el despacho de mi antiguo compañero.

Era una habitación de características similares a la del Secretario ya descrita. Se hallaba sumida, según pude ver una vez abierta la puerta, en una regular penumbra. En la placa de bronce situada a la derecha del oscuro y labrado portón pude leer en un golpe de vista «Excmo. y Rvdmo. Don Tomás Cepeda y de Morientes». Los términos «y de» colocados entre el primero y el segundo apellido era un claro añadido totalmente snob, una especie de marchamo de calidad implícito al rango al que había llegado por su valía y sus méritos, supuse. Aunque nunca aprobé esas prácticas, claro está.

Detrás de un escritorio estilo inglés el antiguo compañero de Bachillerato, el «flaqui», porque ¿quién se ha librado de un apodo en su época colegial?, en impecable clergyman y con la cruz de su dignidad episcopal colgando del pecho de manera un tanto desgarbada y torpe, se levantó de su asiento nada más verme aparecer. Se vino hacia mí con los brazos abiertos y una expresión de cálida y sincera bienvenida. Las circunstancias del encuentro aseguraban nuestro mutuo reconocimiento físico que, claro, en otro lugar y momento nos hubiera hecho estar uno al lado del otro sin reconocernos.

—  Querido Rafael  —me estrechaba la mano con el calor de las dos suyas, más en petición de confianza que de saludo—. ¿Qué tal te encuentras después de tantos años?

— Ya ves, un poco más viejo, irreconocible  diría yo  con esta  calva ya  consolidada y estos kilos que me han caído encima no sé cómo —bromeé—. Pero Monseñor…

—  ¡Qué Monseñor ni qué ocho cuartos! Llámame Tomás, o Cepeda, como en nuestros años de Bachillerato. ¿Recuerdas? ¡Qué tiempos aquellos! O tempora, o mores, como dice el clásico —dijo sin afectación, de un modo natural, tratándose de latines—. Pero adelante, termina de contemplar el despacho —dijo al notar que lo observaba con curiosidad y que me ruborizaba un tanto con la observación—. Aparte del artesonado mudéjar ochavado y este gran tapiz de Amberes, de 1535, según parece, y la galería de retratos de algunos hermanos obispos de los siglos XVII y XVIII, no hay mucho más que contemplar —sonrió.

— Con permiso, Sr. Obispo. —musitó el Secretario en un intento de retirarse.

— Bien, de acuerdo, Pedro, luego despacharemos —le hablaba como quien lo hace con un subalterno, con una persona de inferior rango, lo que era,  en efecto.

— Pero siéntate, por favor, Rafael —me dijo, tratando de adoptar un tono familiar, campechano y amigable. Con aire grave, preocupado, tomó asiento y continuó—: Veamos. Tanto para ti como para  mí  el  tiempo  es  oro, así que iré al grano. Let’ s not beat about the bush, como decía el viejo Mr. Thompson cuando no le agradaban nuestras intervenciones en aquellos famosos debates o brain-stormings de las clases de inglés a los que era tan aficionado, ¿recuerdas? —No tuve más remedio que sonreír al evocarme  aquel atrabiliario personaje, un fiel remedo de aquel Mr. Picwick de Dickens, respetado no obstante, pero ya tan olvidado del colegio privado y bastante elitista de nuestra juventud—. Bien              —continuó—. Te extrañará  mi llamada, que voy enseguida a tratar de aclararte.  Recientemente he vuelto de Roma de mi visita ad limina, que sabes perfectamente en qué consiste. En una de las charlas con el Santo Padre me puso al corriente, como debía hacerlo con todos los obispos, de la situación ecuménica de la Iglesia, del avance espectacular logrado en relación con la Unificación de los Cristianos de todo el mundo, en especial con la Iglesia luterana, y de los problemas que todavía  existen, uno de los cuales es —bajó el tono de su voz— la sustracción de la   Biblioteca   Vaticana   de  ciertos  documentos  relacionados  con  el  proceso y posterior  excomunión  o  expulsión  de la  Iglesia  de  Martín  Lutero —hizo una pausa, supongo que esperando mi reacción—. Se trata de uno de los dossieres, compuesto por diversos escritos o Manuscripti y numerosos Scholia o comentarios a los mismos, que fueron utilizados como pruebas de sus errores en lo que se conoce históricamente como «Proceso Romano contra Lutero».

— ¿Documentos sustraídos de la Biblioteca Vaticana en pleno siglo XXI? —inquirí—. No es posible.

— De la Sección Clasificada de la Biblioteca Vaticana, para ser más exactos.

— Increíble, de todo punto increíble —musité, todavía escéptico.

— Así es. Por extraño que te parezca, es cierto. El descuido de algún bibliotecario, la enorme pericia del ladrón o ladrones, el soborno de algún  empleado…, no se sabe, un verdadero misterio.

— Perdona que te interrumpa. ¿No sería obra todo de alguno de esos genios de la electrónica para quienes la tecnología o la ingeniería modernas, por sofisticadas y perfeccionadas que están, no guardan secretos? Porque tú sabes que los hay. Hasta chicos jóvenes, auténticos prodigios humanos, han llegado a logros inverosímiles. Me refiero a los hackers. No es de extrañar —continué—  que se trate de uno de estos enfant-terribles de la electrónica o de la informática.

— Es posible —me respondió algo perplejo  y pensativo—. No había pensado en ello. Ten en cuenta —prosiguió— que el conjunto de circuitos que regulan y controlan todo el sistema de seguridad y de alarma en esas secciones clasificadas, y de acuerdo con la información que se nos ha facilitado, que no será mucha, me temo, es muy complicado pero totalmente fiable. La actividad de estos chips…, perdona el vocablo, es uno de los pocos términos electrónicos  que no ha encontrado todavía sustituto en nuestro idioma y ello a pesar de la labor tan encomiable que ha venido desarrollando la Real Academia de la Lengua al respecto, la actividad de estos pequeñísimos componentes, decía,  es prácticamente imposible de desactivar a no ser por los que están al tanto de su funcionamiento.  El del Vaticano es un sistema o conjunto de sistemas cuyo emplazamiento, activación y desactivación solo es conocido  por  un  equipo  reducidísimo   de  personas, el  Ingeniero Jefe del mismo y algunos técnicos, pocos más. Seguramente el Secretario de Estado y el Santo Padre los conocerán también. De todo esto debía de estar al corriente ése o esos ladrones, de otro modo no hubieran podido actuar con la precisión y el éxito con que lo hicieron.

— Es evidente. Tenían que saberlo —asentí.

La desaparición de la que me hablaba, ocurrida hacía ya dos años, continuaba siendo un enigma en los lobbies del propio Estado Vaticano, según me informaba Cepeda. En efecto, los fondos bibliográficos y documentales de la Biblioteca están clasificados en generales, a los que tienen acceso investigadores, alumnos y profesores de la Universidad Gregoriana, así como estudiosos y visitantes en general que los soliciten; confidenciales, de acceso más reducido; clasificados, para los portadores de un permiso que solo la Secretaría de Estado concede; y, finalmente, secretos, situados en una cámara acorazada cuya numeración, de apertura muy retardada (Highly Delayed Action Safe (HDAS)), y nunca inferior a las 24 horas, solo es conocida por el propio Papa y por el Secretario de Estado, a la sazón el Cardenal Casalduero, español, miembro del Opus Dei  y hombre de gran influencia en la curia romana, cuya juventud, inteligencia  y  rapidez  en escalar puestos hasta llegar al segundo escalón en el organigrama vaticano, levantaba no pocos recelos, hijos naturales, al fin y a la postre, de la envidia.  Trepa, arribista, upstart, eran algunos de los calificativos más suaves que le dedicaban sus detractores, por no llamarles enemigos, que algunos lo eran apasionados y viscerales. «La envidia, la envidia, ese gusano roedor del mérito y de la gloria», dirían probablemente y citando a Francis Bacon, sus amigos, defensores, beneficiados y la indefectible corte de medradores y halagadores que siempre hay alrededor de los hombres poderosos. Con esta sinceridad me hablaba Mons. Cepeda y, al tratarse de materias tan delicadas y reservadas, tan del fuero interno de la Iglesia Católica, la confianza con que me los revelaba me tenía verdaderamente sorprendido.

— Verás —continuó—. Me viene en este momento a la memoria el doctor Urbino, me refiero al personaje del gran escritor García Márquez, autor, que aunque pertenece  más  al pasado  siglo que  a  éste, sigue  siendo uno de los más leídos en lengua castellana. Pues yo, espero perdones mi petulancia,  a diferencia de Urbino, en El amor en los tiempos del cólera, no me visto en las tinieblas, lo hago a plena luz. Pero sí medito en las tinieblas, allí me encuentro conmigo mismo y consigo un considerable grado de aislamiento casi sobrenatural, levitación mental la llamo yo, pero ni siquiera en ese estado he podido dar con la clave del misterio, con la clave de la desaparición de esos documentos, aunque comprendo que es algo pretencioso por mi parte. Pero ello no es de extrañar. En fin de cuentas no soy un experto.  Bueno, pues como te contaba, el Santo Padre tenía informes de diversos gobiernos europeos de expertos en investigación criminal, y en el curso de la charla surgió tu nombre, una verdadera sorpresa para mí, nombre que inmediatamente reconocí como el del antiguo compañero y amigo, tanto más que habías aparecido recientemente en la prensa nacional a propósito de ciertos servicios brillantísimos realizados por ti y por encargo y a favor de nuestro gobierno. Se trataba, al parecer, de un caso similar mutatis mutandis relacionado con la desaparición de una partida importantísima de incunables de la Biblioteca Nacional y que localizaste precisamente tú en Beirut hace unos nueve o diez años —añadió—. También constaba en tu informe y por eso lo sabía el Papa que el gobierno francés en tiempos de Chirac te había concedido la Legión de Honor por otro caso de vital importancia que tú resolviste con éxito a favor de la nación vecina.

— Sí, así fue. Pero creo que este caso es mucho más complicado, por lo que voy sabiendo. No me cabe duda que lo es. Frente a la dimensión crematística de aquellas sustracciones, ésta parece  tener  otras  connotaciones, culturales,  religiosas fundamentalmente, posiblemente un fanático de uno u otro, llamémosle «bando», perdóname el término, pero creo que me entenderás. Un luterano o un católico fanático, alguien que desee, por ejemplo, obstaculizar el proceso de Unificación entre las Iglesias Cristianas en el que el Papa actual está tan interesado, según me dices, y no solo él, también las otras Iglesias, ¿no? De cualquier modo, debo reconocer que en los casos que has mencionado y  que  yo  resolví  tuve una  gran  suerte —dije con sincera modestia—. Esta profesión mía es así. La suerte es un factor con el que hay que contar.

— Bueno…, suerte y pericia suelen ir de la mano —me cortó—. Te diré que para sorpresa mía el Papa tenía hecha su elección. Tu nombre ya había sido designado, es decir, que yo no tuve nada que ver con tu nombramiento o propuesta de nombramiento para que te hicieras cargo del caso, por lo que no tienes nada que agradecerme. Yo, es cierto, me ofrecí, como viejos colegas que éramos, a contactar contigo, ofrecimiento que no pareció sorprender al Santo Padre, dicho sea de paso. Es todo o casi todo lo que puedo decirte. Tu perfecto conocimiento del inglés, y no digamos del latín habrán tenido también que ver con tu elección. Tú siempre fuiste un apasionado de la lengua de Cicerón. Si no me equivoco —me dijo con afectada seguridad— te dio una época por el estudio de las lenguas clásicas. Luego las abandonaste para dedicarte al Derecho, según me dijeron. —Adoptando un tono más resolutivo y decidido continuó—: La Secretaría de Estado me hizo entrega antes de volver a España de este sobre lacrado para que yo personalmente te lo entregara —me dijo, al tiempo que me alargaba un sobre de considerables proporciones y aspecto acolchado.

Se trataba de un sobre color sepia con un sello de lacre en forma de gran medallón que precintaba parte de la solapa del mismo y en el que aparecía con detalle el escudo papal y una leyenda escrita a lo largo de su franja circular, leyenda cuyo texto no tuve curiosidad por leer. El sobre había estado aguardándome en una gaveta del escritorio de Tomás, quiero decir Mons. Cepeda, durante algunos días, según me informó.

—Aquí lo tienes. Una vez estudiado el dossier, te ruego me comuniques tu decisión en el sentido que sea para hacérselo saber al Vaticano. Tu aceptación o no del caso es cosa tuya, pero en interés de la Iglesia y de su futuro me alegraría enormemente que te hicieras cargo del mismo. La Santa Sede tiene enorme interés en que seas tú y no otro. Desde luego, tus servicios se pagarán generosamente. Eso se me ha dicho. No te importará que fume, ¿verdad? Quiero suponer que perteneces a ese cada vez más reducido club de los fumadores —dijo extrayendo una pitillera de plata de uno de los cajones de la mesa y ofreciéndome un cigarrillo.

—  No, no. Gracias. No fumo. Hace tiempo que lo dejé. Me afectaba mucho a la garganta, ¿sabes? Pero no me importa el humo, no me molesta, quiero decir.

—  Fumo poco. Un par de cigarrillos al día, no sé si a eso se le puede llamar ser fumador. Son las veces que tengo un recuerdo obligado para mi madre. Ella me regaló la pitillera unos años antes de morir —concluyó, con un sonoro chasquido de su flamante encendedor Zippo cromado.

—  Lo siento de veras. La pérdida de tu madre —dije con sinceridad.

El sentido diplomático de mi amigo el obispo, aprendido probablemente en la vieja Universidad Gregoriana de Roma,  me hizo ver que cuanto tenía que hablar conmigo  estaba ya  hablado, por lo  que recogí el sobre lacrado que yo mismo había colocado sobre la mesa e hice intentos de ponerme de pie. No me lo impidió y tras unas frases de cortesía personal hacia mí, nos despedimos, no sin antes estrecharme la mano con las dos suyas como había hecho a mi llegada con un «¡Hasta pronto, Rafael!»

— Se me olvidaba  —me dijo de súbito—. La Secretaría de Estado vaticana es la que lleva directamente el caso. Con ella deberás entenderte a partir de este momento. Naturalmente, si, como espero, aceptas el caso —precisó—. Según se me hizo saber, en ese sobre llevas toda la información pertinente y con ella teléfonos, números de fax y direcciones de emails o correos electrónicos de dicha Secretaría, así como los nombres de la personalidad eclesiástica que resolverá dudas, proporcionará información adicional, proveerá los fondos necesarios, etc.  —dijo—, al tiempo que él mismo me abría la pesada y vieja puerta de su despacho.

— ¡Señor, señor! ¿Desea tomar algo? —La claridad de unos ojos azules estaban allí, tan puros como el alba. El zumbido inalterable, inconfundible de los motores del reactor me volvía a la conciencia del  lugar  en  que  me  encontraba—. Siento haberle despertado. Si lo desea, pulse este pequeño botón a su izquierda, le saldrá una bandeja con el menú —me dijo la bella azafata con un esbozo de sonrisa.

—No, gracias —le dije. Acompañé mi negativa con un gesto lo más amable que pude. Además, odio la digitalización que nos invade en la actualidad. Cualquier roce con uno de esos pequeñísimos botones que se encuentran por doquier puede darte  un susto  de muerte y, sobre  todo, la  calidad  de las comidas en los aviones deja mucho que desear últimamente, especialmente en esta Compañía.

Unos segundos después volvía a quedar sumido en un profundo y plácido sueño reparador.

* * *

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