Juan Ramón y yo. (Memorias y ensoñaciones del burrito Platero)

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Juan Ramón y yo. (Memorias y ensoñaciones del burrito Platero). Ed.  Huerga y Fierro. Madrid, 2013.

Esta obra  ─Juan Ramón y yo. Memorias y ensoñaciones del burrito Platero─ pertenece a la modalidad de prosa poética o, si se prefiere, de narrativa lírica, en línea con la propia obra del poeta de Moguer. Prosa poética para el crítico literario es todo un género que se caracteriza por el juego de imágenes, la musicalidad formal, la plasticidad y la transparencia líricas. Belleza y sentimiento a través del ritmo y del lenguaje, muy lejos de lo que es el cuento, el relato o la novela. Alejada de estas modalidades narrativas, la prosa poética pasa a ser otra forma de poesía, aunque no sucedáneo de ésta. El propio Platero y yo de  Juan Ramón (JR) no deja de ser para el lector, por exigente que éste sea, pura poesía aunque carezca de una versificación formal. El término “versiprosa” que él mismo acuñó en Ideología (Barcelona, Anthropos, 1990, 234) no es baladí. Para el que esto escribe, el narrante es lírico, la actitud, la ambientación y el tema son plenamente líricos y, a pesar de que este trabajo creativo no está sometido al encorsetamiento del verso como tal y como ocurre con cualquier poemario, la atmósfera que respira no deja de ser por ello una creación auténticamente poética y así la interpreto yo. En último término, y dejando de lado el juicio ajeno, al autor de estas páginas le queda el disfrute y gozo experimentados al escribirlas y al releerlas una y otra vez. Y les aseguro que no es poca compensación, con independencia de como se las juzgue.

La obra se compone de 51 relatos y en todos ellos es la voz de Platero la que habla. En líneas generales, es la réplica del burrito juanramoniano a todo lo que se cuenta en la obra del poeta de Moguer «Platero y yo». Este libro ha obtenido el VII Premio de Relatos «Fundación Montero Galvache» y ha sido publicado por la Editorial Huerga y Fierro a finales de septiembre dePORTADAJRyYo 2013. La obra fue presentada el 3 de octubre en un gran acto literario organizado por la Fundación que convocaba el premio en colaboración con la también Fundación Cruz Campo de Sevilla. En este post aparece esta necesaria presentación y el relato titulado Apólogos, con el número 40. Como en todos, habla Platero.

40

APÓLOGOS________________

          Dicen que rectificar es de sabios y a fe que tú lo hiciste y muy cumplidamente. Me resultaba incomprensible tu aversión al apólogo, como escribiste en Fábula y, sobre todo, a esa coda que es la moraleja, sin la cual aquél no tiene validez ni sentido alguno, pues queda como pastel sin guinda o novia sin su ramo. Pero déjame que te diga antes que esos otros “horrores” que enumeras y por este orden —iglesia, Guardia Civil, toreros y acordeón— me parecen no solo una enumeración caótica y tarambana sino algo digno y merecedor de un estudio psiquiátrico o, al menos, psicológico.  Por decirlo de manera más amable, es un bonito juego de pólvora pero de la mojada. Yo, para cada uno de esos horrores, tengo mi contrario: Para ti, la iglesia. Para mí, el moridero, del que ninguno logramos escapar y más porque —según mi modesto entender— a aquélla solo va el que quiere y a éste vamos todos, mal que nos pese. A la Guardia Civil opongo los gitanos, a los que siempre tuvimos pánico y no poco, por razones que están en boca de todos y que tú viviste en cierta ocasión con aquel grito tan desesperado y numantino ante la presencia de un grupo de ellos dispuestos a hacer suyo lo que era del vecino: “¡Adentro, Platero, adentro! ¡Voy a cerrar la cancela, que te van a llevar!” Y más que a los toreros —simple sinécdoque de la Fiesta— yo tenía horror a los toros, esos bichos fieros y de mirada insostenible y torva, de veloz carrera y bella estampa con sus dos lunas negras y asesinas rematando la testuz y ante los que, con el arranque y nervio en la carrera de los que están dotados, los de mi especie poco podíamos hacer. Así era el toro aquel huido que paralizó el valle con su presencia soberbia, amenazante y fiera y que, con su mugido corto y terrible, hoy me hace recordar a aquel guerrero, Esténtor, que aterrorizó a helenos y a troyanos con su grito enorme, su vozarrón de hierro y bronce más fuerte que el que pudiera salir de cincuenta gargantas. O como Aldonza Lorenzo —lo cuenta  Sancho—, que un día se puso encima del campanario de la aldea a llamar a los zagales que andaban en un barbecho de su padre y, aunque estaban de allí a más de media legua, así la oyeron como si estuviera al pie de la torre. Y para el horror tuyo del acordeón, ese instrumento de sonido trémolo y cadencias dulces y nacarinas, yo tengo el Carnaval, carrusel de gritos y desatadas algarabías, puro teatro de esperpentos y del que ya dije bastante en anterior entrega. Ya ves, es un problema de preferencias y de gustos y el libro de éstos —dicen— está en blanco y dudo que alguna vez se escriba.

           Y vuelvo al tema del apólogo. ¿Qué podría decirte que no supieras? Más le temía yo a los moscardones y a las pulgas, habitantes asiduos y bastante canallas de mi cuadra. El pobre fabulista se limitó siempre a poner en nosotros, los animales, vuestros vicios y maldades, que no son pocas, y vuestras pocas virtudes. También, dar voz a quien no la tiene y palabra a quien nunca la tendría, que si Dios le concedió una y otra al hombre, el apologista se las dio a las bestias y animales, que lo merecían también, ¿qué mal hay en ello y qué más os da a los humanos? No comprendí nunca —ya lo he dicho— tu aversión a las fábulas porque tus historias de La Fontaine, el que dices que te reconcilió con los animales parlantes, me las sabía de memoria de tanto oírtelas —la del asno y el perro o la del asno vestido con la piel de león, entre otras— y, sobre todo, aquélla del burro cargado de sal y el cargado de esponjas, que tanto te divertía y a mí me dejaba indiferente y frío, aunque fuera agosto: “Un arriero con su vara conducía, como un emperador de Roma, dos caballerías de largas orejas …”, ¿lo recuerdas? Tú siempre, como he dicho más arriba, omitías las moralejas, que yo adivinaba o intuía, con las limitaciones que a un pollino impone su elemental sesera y su escaso discernimiento, pero tu inquina hacia ellas —“rabo seco, ceniza”, las llamaste—, era algo que no acababa de entender, porque no eran moralinas al uso —farragosas a veces y traídas por los pelos— sino enseñanzas útiles y convenientes para el habitante de cualquier república, anduviera a dos patas o a cuatro, que las moralejas son el alma de la fábula, su razón de ser, le dan su fuerza, músculo y vida y hacen que sean lo que son, creaciones excelsas y de lo más ingenioso del intelecto humano. ¡Pero allá tú con tus manías, que, al fin y al cabo, todos las tenemos! A mí, en cambio, de una fábula, lo que más me gustaba era su enseñanza, la lección que daba, la moraleja, tanto más que no fui ni a la Miga ni a la Escuela por razones en las que no vamos a ahondar privándome de aprender al menos lo imprescindible para poder patear la vida con sus glorias y flaquezas.

           Sé que las clases de francés —¡qué se va a hacer!— te llevaron a ese escritor gabacho que he citado más arriba, de gran renombre y no menor prestigio, y a sus famosas fábulas, con desprecio de otros que también las escribieron —y hermosísimas, por cierto— en tu propia lengua, pero así es la vida, que nadie es profeta en su propia tierra las más de las veces o, si lo consigue, lo es solo a medias. De haber tú estudiado otros géneros y otros autores franceses siendo un jovenzuelo en el colegio de los jesuitas de El Puerto, yo me habría librado de tus batallitas con los apólogos y, más que nada, de oír las desventuras y calamidades de esos burros que aparecen en ellos y que yo veía tan distintos de mí, tu Platero. Burros siempre perdedores y bastante idiotas, los pobres diablos. Porque no eran burros de carne y hueso —como debían ser y como eran los que trabajaban para el arenero, sudorosos y molidos por el trabajo y por la vara de acebuche con la que aquel bruto de hombre sin razón ni miramiento  los acariciaba, valga el sarcasmo—. A éstos últimos sí los reconocía como gente de mi clase y condición. Aquellos otros de las fábulas eran burros de mentira, de cartón-piedra, burros, en fin, sin sangre en las venas y sin alma y de los que no quiero seguir hablando porque, aunque no lo quiera, me suelen sacar de mis casillas. Además, como bien escribiste, yo no era un burro en el sentido vulgar de la palabra, ni siquiera como lo definía el grueso Diccionario de la Lengua que tenías sobre la mesa, sino como tú me sabías y entendías, y así quedó constancia para mi solaz y mi contento. Por todo ello —bien lo sabes y si no dicho queda aquí— tienes mi reconocimiento eterno y te doy gracias infinitas.

                                                                                                                                    ****

 

                       

 

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