Primeras memorias de un gato llamado Mishaco

Siguiendo la tradición de la fábula se narran aquí en primera persona las andanzas y maldades de un gato de nombre Mishaco

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“A nadie se le dio veneno en risa”
(Lope de Vega)

Lo que tiene en sus manos, amable lector, son unas memorias breves e intrascendentes, como breve e intranscendente es la vida de un animal como yo. Soy efectivamente un gato y como tal carezco del comercio del habla pero no de otras cualidades y dones como el de pensar, don que la Naturaleza reparte con gracia y abundancia en muchos casos en humanos y, en pobre y mucha menor medida, entre algunos animales. Que me llame Mishaco es perfectamente comprensible porque entré en la casa de mis dueños con unos meses de vida y recién llegados éstos del Japón, país en donde el señor de la casa había ejercido durante años de embajador, agregado de embajada o vaya usted a saber porque nunca llegué a aclararlo, menos, a entenderlo. Mishaco era el nombre del Primer Ministro de aquel país. El bautizarme así fue ¿afecto por él o todo lo contrario? Me inclino por esto último porque mi amo no era hombre de afectos ni amistades, simpatías o adhesiones inquebrantables. Por lo dicho deducirán que no soy un gato oriental ni exótico como el nombre podría sugerir. Desde luego, si entré en tan ilustre casa no fue por el señor sino por la señora, persona amante de mascotas, sobre todo de los gatos, viendo reducida su afición a mi sola existencia en la casa y ya podía darse por satisfecha, según decía el bigotudo del señor ex-embajador, ex-agregado de embajada o lo que fuere porque a él maldita la gracia que le hacían los bichos del pelaje que fueran. En verdad tenía razón porque el que llevaba en aquella casa los pantalones, cosa insólita por otra parte, era él y no ella. De ser por la señora la casa hubiera sido una loca congregación de bichos y otras alimañas, un pequeño zoo, lo que no es ciertamente recomendable en ningún hogar que se precie.
El señor era de físico delgado, diría que quijotesco, alto hasta la extenuación y de carácter distante y reservado, grave y ceremonial rayando en el desdén. Robert, —le decía a veces mi ama— sonríe alguna vez, cariño, sonreír no cuesta dinero y las más de las veces produce dividendos. Yo no sé qué era eso de los dividendos pero debía de ser algo bueno, positivo y loable. ¡Lástima que los gatos no sepamos sonreír! De poder, hubiera estado sonriendo a todas horas, al menos por agradar a mi señora y, de paso, producirle los dividendos esos que decía. Era aquélla una observación que irritaba al señor hasta el paroxismo. ¡Él, siempre con aquel aire de grandeur aprendido al parecer en la Escuela Diplomática y siempre instalado en una pose insufrible de jactancia y de estar al cabo de la calle en todo cuanto hacía y decía! Ella, en cambio, era algo bajita y regordeta, falsa rubia pues se teñía semanalmente, alegre, feliz y dicharachera con propios y extraños, gozando enormemente con la pequeña plebe de amigas que, al menos una vez por semana, venían a tomar té y pastas que retroalimentaban el enorme desgaste que hacían cotilleando y criticando a troche y moche. Por lo demás era sencilla, directa y un tanto anacrónica en muchas cosas. Así la veía yo al menos.
Mis primeros años fueron de una monotonía horrible, nada ocurría en mi existencia excepto comer unas nauseabundas galletitas antibolas de pelo y, por variar, una carne enlatada algo pestilente y envasada por empresas comerciales de gran nombre y prestigio. Era una situación que resultaba inconcebible en un casa donde se servían los más apetitosos manjares de la tierra y, sobre todo, de la mar. El producto que a mí me daban procedente de esas latas no dejaba de ser atractivo en su origen, quiero decir en su etiqueta —conejo, pollo, pescado…— pero el resultado final, el que llegaba ante mis largos bigotes era una auténtica porquería de la que difícilmente podía librarme si no quería irme al otro mundo. Pero no hay regla sin excepción y en contadas ocasiones la señora me ponía ante la vista algún “boccato di cardinale”, lo que sería injusto no decirlo: alguna gamba que otra o una cabeza de cigala o de langostino, abundantes en la zona y en el mantel de los señores pero en mi condumio pura excepción y plato ocasional y más que escuálido……./.

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