Una mujer ambiciosa

RELATO EN TORNO A LA ESPOSA DE UN ESCRITOR DEL QUE ESPERA GRANDES ÉXITOS LITERARIOS QUE NO ACABAN DE LLEGAR Y PIENSA QUE NO LLEGARÁN NUNCA.FINAL CONTRADICTORIO E IMPREVISIBLE.

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«Cuando esta historia comienza Alfonso Garriga Lapique, funcionario, era un poeta de escasos versos y prosista en vías de gestación, ya que sólo tenía un par de relatos apenas esbozados a los que no conseguía darles forma definitiva y, menos, fin. Pero eso sí, no le faltaba la voluntad disimulada de ser escritor, menos aún la vocación, que, a pesar de ser muy fuerte, la ocultaba a propios y extraños. Pero más animosa aún era Terpsícore —convertida ya en Doña Core gracias al santo matrimonio—, la que, siendo ya novios, no cesaba de repetirle que debía escribir, que tenía un gran talento tanto para la prosa como para la poesía, que no debía desperdiciar el don con que la madre Naturaleza le había dotado y otros halagos con los que alegraba los oídos de Fonsi, que era el diminutivo con el que su mujer, familiares y amigos le conocían. Un diminutivo exclusivamente cariñoso y desprovisto de toda connotación peyorativa.

Con ese extraño nombre de musa, que parecía haber imprimido en ella carácter, Core —nombre con el que en el entorno familiar se le conocía y que era el nombre con el que siempre la llamaba su marido— era una mujer de carácter, de ésas que llaman de armas tomar. La estrategia de la conquista la había diseñado ella, el paso por la Vicaría también, con todo lo que eso significaba y en el mando y gobierno de la casa había una sola voz y un solo voto, el de la señora. Así pues, lo que su mujer decía y repetía respecto a sus dotes literarias desde que se conocieron era para Fonsi un juicio muy generoso del que se defendía explicando la dificultad que entrañaba el oficio de escritor y las dudas que él mismo albergaba acerca de sus propias posibilidades. Situaciones como ésta las acallaba con un esbozo de sonrisa y el imprescindible cumplido —¡Qué va, mujer, qué va! ¡Es el cariño lo que te hace ver las cosas así!—, con lo que el tema quedaba por algún tiempo zanjado.

El origen de todo aquello nadie mejor que él lo conocía. De jóvenes todos somos propensos a escribir cartas de amor de altos quilates líricos en muchas ocasiones, sobre todo cuando el alma vive en anormal desgarro, que era el caso de Alfonso Garriga, al que la vida se le había mostrado poco propicia desde la niñez aunque generosa en orfandades y desamparos, en los que era un verdadero maestro.  Al vivir gran parte del año separado de su prometida por razón de estudios, le escribía cartas impregnadas de romanticismo casi a diario pero sobre todo pulía aquellas misivas a la amada como todo poeta o aspirante a serlo acostumbra a hacer, o como los grandes prosistas, que suelen corregir y desbrozar una vez y otra su prosa. Pero —es necesario que lo dejemos claro— del género epistolar apenas había pasado. Por lo demás, alguna estrofita que otra, algún parrafillo inmisericorde de carácter narrativo de vez en cuando y poco más. Era como aquellos hidalgos arruinados que nos cuenta la literatura del Siglo de Oro que se echaban en la barba montaraz migas de pan para hacer ver que habían comido./…………..

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