Una partida interrumpida

“Después de la verdad, nada hay tan bello como la ficción”.

                                                                                  (A.Machado)

            La historia que voy a contar pueden creerla o no. Yo me limito, sin más, a narrar lo que oí. ¿Verosímil? Del todo. ¿Extraña? También. Pues bien, en aquello que a muchos nos tocó vivir y que se llamó “Servicio Militar”, en la “mili”, encontramos casi todos los que por allí pasamos personajes que luego nos iban a acompañar de un modo u otro toda la vida. Allí conocí a un chico bastante singular que decía ser “mariquita”, hoy lo llamaríamos de manera más eufemística “gay”. Nombre, José Montoya. El personaje era en la Compañía a la que estábamos adscritos el centro de todos los disparates, barullos, trifulcas, procacidades y golferías que se gestaban a espaldas de cabos y sargentos —no digamos de oficiales— porque su lenguaje, su voz, sus chistes, sus golpes y sus historias llenaban buena parte de las horas interminables, insoportables dentro de los barracones.  Con Jose —“la Pepi”, que era como se le conocía— apenas tuve relación. En el cuartel de la época y con el tipo de inquilino que allí se hospedaba, una palabra, un gesto, una mirada o una simple sonrisa de complicidad podía derrumbar un edificio de diez plantas. Yo no sentía prejuicios hacia él pero su entorno, el ambiente tan peculiar en el que se movía como pez en el agua no eran para mí estimulante ni atractivo en absoluto. Sí recuerdo haber cruzado con él unas palabras a propósito de cierto incidente protagonizado por nuestro personaje con uno de los cabos de la Compañía.

Aquella mañana, como todas, habíamos tenido clase de gimnasia en el campo de instrucción con un sol de justicia por la época del año en que estábamos y por el lugar. El cabo de marras —tipo chulesco para quien el simple galón que ostentaba parecía convertirse a sus ojos en entorchado de general, de flequillo rebelde y resbalón por aquella frente de chorlito y cuyo mirar y obrar eran propias de un estudio de psiquiatría— le había zurrado al soldado Montoya una tunda de fustazos en espalda y piernas porque sus movimientos no alcanzaban la perfección exigida en unos ejercicios que nosotros convertíamos queriendo o no en auténtica chapuza gimnástica. Justo es decir que el cabo Pérez era un virtuoso de la vara, instrumento cuartelero que manejaba con maestría y contumacia. Me cruzé en el patio con él:

—   Montoya, tiene guasa el cabito ese de mierda, ¿eh? Hay que ver cómo se las gasta el cabroncete. Hoy te tocó a ti, ¿no?

—  Sí, ya sabes que está un poco chiflado, está majara,  no hay que hacerle mucho caso y lo de esta mañana… me da igual —dijo sin rencor, sin apenas inmutarse—. Lo hizo por mi bien. Aquí, a la mili, venimos a aprender, a hacernos hombres —según dicen./……….

 

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