NO FUE UN SUEÑO

No fue un sueño es un libro  de un cierto número de trabajos  en prosa entre la realidad y la ficción. Al escribirlo tengo muy presente mi Juan Ramón y yo. Memorias y Ensoñaciones del burrito Platero y busco dejar constancia de mis experiencias y vivencias forjadas a lo largo de la vida con una escritura poética en la medida de lo posible. Realidad e imaginación van de la mano, de modo que muchos de los relatos que aparecen aquí van en la línea del cuento y, otros, en la del ensayo o periodístico. Incluyo aquí sólo tres relatos («El maestro»; «Mañanas en el olivar» y «Orden y desorden»). Especialmente emotivos para mí son: «Furtivos»; «Primer amor»; «Noches mágicas»; «Tardes de veranos», «La duda» y algunos otros. No trato de escribir una Biografía Personal, unas Memorias, sería un intento pretencioso  a la vez que inútil, siendo un ser corriente y moliente que llegó tarde al oficio de escribir por avatares y dependencias que la vida impone a unos más que a otros. Pero en estos relatos hay muchos de lo amado, sufrido y también gozado a lo largo de esta ya prolongada y algo frustrante existencia.

EL MAESTRO

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            Muchos hombres asocian sus años niños a este o a aquel maestro que tanto influyó en sus vidas. Yo tuve el mío y, aunque no era para admirarlo ni para mirarme en él, lo recuerdo no con afecto pero sí con un sentimiento de nostalgia carente de todo rencor. Más que maestro debería calificarlo de anti-maestro pues era el paradigma de lo que no debe ser un educador de mentes infantiles. Pero, a pesar de todo, era un buen hombre, que no es poco. Por eso mi afecto y mi memoria.

            Don Pedro disponía de una figura singular. Era corpulento, de gestos ampulosos y estudiados, de mirada penetrante y afilada y adornado de una cerviz robusta, diría que altiva, más de morro de un toro de lidia que de un hombre. Su desaliño y su porte descuidado eran notorios, lo que no le impedía tener amante —decían—. Era cínico y descreído y aducían como prueba que nadie le vio jamás pisar una Iglesia. Desde luego, yo no recuerdo oírle pronunciar la palabra “Dios” en nuestras clases. Pero había más. Era vox populi que Don Pedro había sido enviado a aquel pueblo como castigo. ¿Su delito? Hacerles aprender a sus alumnos La Internacional, que cantaban con fervor al principio de la jornada y cuando en las otras clases se hacía con el rezo del Padrenuestro. Al tiempo que se oía el sórdido recital de la oración en las clases, en la de Don Pedro los críos cantaban a voz en grito el ¡Arriba, parias de la Tierra! ¡En pie, famélica legión! Para desesperación de los demás profesores y, sobre todo, del Director, que acabó poniéndolo en conocimiento de la Inspección Provincial. Ante la pregunta del Inspector de por qué hacía aquello —y siempre según se contaba en el pueblo— nuestro ínclito Maestro respondió que como el Himno Nacional no tenía letra y el otro himno sí se había decidido por éste. Le gustaba el aire marcial que tenía y el efecto tan positivo que despertaba entre la chiquillada a esa primera hora de la mañana.

            Don Pedro, en fin, era —como diría Don Antonio— más Mañara que Bradomín, con su traje perenne y más que sobado. Toda una pesadilla entre sus alumnos. Su voz tonante y su palmeta despiadada y fácil no tenía reposo, especialmente cuando, delante de la mesa y en círculo, procedíamos cada tarde, invariablemente, a conjugar los tiempos verbales: “A ver, Luisito. tercera persona singular del futuro perfecto de indicativo del verbo “comer””. Se oía un silencio que no presagiaba nada bueno. “El perro de mi mujer bosteza mejor que vosotros” —decía–. Si la respuesta era incorrecta: “El perro de mi mujer ladra mejor que vosotros”. Y en uno y otro caso la palmeta de don Pedro caía con furia sobre la mano temblante y tierna del pequeño Luis o del pequeño Antonio.

            Asociado al recuerdo de mi primer maestro está la imagen del patio de recreo, de suelo terrizo y altas paredes, donde el árbol era el gran ausente y, sobre todo, la de la zona de los servicios. Era la escuela pobre y pública de la posguerra en cualquiera de nuestros pueblos. Aquella mía tenía poco de centro escolar y mucho de hospicio, aunque no residiéramos en ella. Hospicio sin personal empleado porque en él reinaba la suciedad, el polvo y el desorden. El retrete —el más legítimo de los términos para designar lo que designa y dejando a un lado eufemismos y monsergas— era el paradigma de aquel centro. Si entrabas en él a hacer pi-pi se te quitaban las ganas y dabas media vuelta, ya estaba el suelo inundado de orines formando un charco pestilente que podía llegarte a los cordones de los zapatos. Hacer otra necesidad de más peso no estaba contemplado en el programa ni en las normas escolares. No era necesario con aquellas hambres por oficio que padecíamos, no había peligro, la cartilla de racionamiento imperante no daba para excesos ni desahogos.

            De Don Pedro se decían muchas otras cosas —los pueblos—: que su amante se comía el sueldo mísero de la nómina oficial que percibía mensualmente pero siempre con retraso, la de un maestro de posguerra —“más hambre que un maestro escuela”, se decía sin piedad—; que su mujer estaba medio loca, de amor o de celos, que es lo mismo; que su casa era un infierno —de ser así, la pequeña escuela, no había duda, era su antesala—… Fue Don Pedro el que me llevo a la poesía, al conocimiento de los poetas de nuestra lengua y a escribir, cuando las musas son propicias, algún que otro verso iluminado que él celebraba con regocijo. A él le debo esta afición de andar por las nubes. Era un gran recitador de versos ajenos: Garcilaso, Espronceda, Machado y, sobre todos ellos, Góngora: “¡Niños, yo soy gongorino, ¿sabéis qué es eso? Es decir que Góngora, Don Luis de Góngora y Argote, el gran poeta cordobés, es el más grande poeta de nuestras Letras” —y los pequeños nos mirábamos entre el estupor y la escondida burla—. Y continuaba: “Esta mañana vamos a leer el precioso romance titulado “Lloraba la niña””. Y engolando la voz recitaba verso tras verso, que los niños repetíamos como un eco: Lloraba la niña/ (y tenía razón)/ la prolija ausencia/ de su ingrato amor! (¿Prolija? ¿Qué era eso?). Y terminado el recital: “¡Poesía, niños, esto es poesía! ¡El alma del mundo, el motor de los pueblos!”

            Pero el alma y el motor de nuestra escuela seguía siendo la palmeta, sus huellas quedarían grabadas indeleblemente en nuestras tiernas manos y los exabruptos gongorinos resonarían en nuestros recuerdos como una campana cascada con los ecos de la lejana infancia. Sin mujer, sin amante y sin hijos murió Don Pedro, olvidado y solo. A pesar de todo, no creo que lo mereciera. Lo enterraron en el Cementerio Civil por propia voluntad. Hace años tuve la ocasión de visitar su tumba, un pequeño y apelmazado, casi pétreo montículo de tierra presidido por una tablilla vieja y descolocada con una borrosa y escueta leyenda: “Don Pedro Salgado y Gómez. 1880-1949”. Ni flores, ni cruz, ni ningún otro símbolo. ¿Le habría hecho falta? No sé. Sí sé que no le hubiera gustado nada de eso. Lo que queda de nosotros: Un nombre y dos fechas.                  

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MAÑANAS EN EL OLIVAR
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Con la primavera ya más que estrenada, cuando al fin había dejado de ser caprichosa y tornadiza y pisaba los umbrales del verano con sus prontas albas y su luz generosa derramándose por las dehesas, cerros y laderas te gustaba visitar tu pueblo de adopción, allí a donde te llevó el amor o el destino caprichoso un frío día de diciembre ya casi olvidado. Aquella villa —como le gusta a sus habitantes llamarla—, en los aledaños de Sierra Morena que dudando si ser manchega o andaluza, si austera y cultivadora de viñas o alegre y aceitera se decidió por lo último sin olvidar del todo lo primero.
Te atraía madrugar y dejar atrás el pueblo aún dormido por el Camino de la Virgen o por el de Bailén por ver el incendiado oro del amanecer de un nuevo día, bañar tu frente con las brisas fugitivas de la noche y pisar los restos húmedos y mortecinos del rocío sobre el campo virgen, no hollado aún por aceituneros —ésos que las coplas llaman altivos— con sus bestias, por las máquinas o los ganados trashumantes cruzando las cañadas escondidas. Era un gozo a esa hora oír los silbos de la alondra, el cantar melódico y cristalino de los pájaros —zorzales, jilgueros…—, el vuelo errático de alguna lechuza fugitiva o deteniéndose en un descanso breve sobre un rama moviendo su cabecita de un lado a otro de modo de un modo impaciente y compulsivo, siempre en guardia y al acecho.
Te adentrabas en la espesura de los olivares con su verdor oscuro y joven, con su brillo hosco y desabrido dispuesto a consumir allí algunas horas de intimidades y calmas no exentas de nostalgias y practicar la virtud hermosa del silencio . Eras testigo privilegiado de la aparición de los primeros rayos solares gateando por las cimas luminosas del alba para filtrarse entre las ramas y las hojas, unos rayos que, con sus pinceles nuevos de luces tibias y sus oros tejían sobre el lecho verde del olivar callado un tapiz quizá deshilachado pero multicolor y agreste.
Los olivos —las olivas, como gustan llamarlos los del lugar en un juego de amores trasvestidos— se iban ya cubriendo con la nieve tibia de su flor, esa inflorescencia, cadillo, que llaman por allí “el cañamón” —este año las olivas se caen de cañamón, buena cosecha a la vista, si el pedrisco quiere—. Las estrechas veredas, atravesadas en su centro por una giba de terreno que el paso de los vehículos y tractores habían ido formando con el tiempo, despertaban con el ruido de algún motor ensordecido en dirección a la faena de ese día: la escarda, el fumigado o la limpia de los lechos. A un lado y otro, las chumberas polvorientas con su fruto de dulzores lleno. Con la mañana en ciernes el campo silencioso palpitaba bajo el cielo claro y despejado. Te sentabas al pie de alguno de los árboles más robustos y viejos y con la espalda descansando sobre el centenario tronco acariciabas la desnudez húmeda y verde de la hierba fresca y niña. Abrías luego el libro que llevabas en la mano o escribías en un pequeño cuaderno algún que otro verso si la inspiración quería.
A lo lejos, el altozano cubierto de los blancores de las casas, diseminadas por la ladera abajo, en pugna siempre con el gris oscuro y pétreo de la Iglesia o del Castillo ya milenario, los dos poderes terrenales —la cruz y la espada— como testigos mudos de un tiempo ido pero nunca muerto. Por una de las lindes, dejando la cañada, asomaba la vanguardia de un rebaño de ovejas en un concierto de balidos y de sombras. Una nube blanquecina y seca del polvo del camino las envolvía. Se oyó el silbo agudo del ovejero al que el perrillo guardián daba respuesta con sus saltitos, cabriolas y ladridos, queriendo poner orden en el rebaño y agruparlo como si de un ejército en fuga se tratara. Buenos días —saludaba el pastor, y se llevaba la mano hacia la gorra—. El rústico cayado y el largo blusón manchego —feo precedente de las guayaberas de mangas largas que por aquí llaman cubanas— delataban el oficio al que se dedicaba, la trashumancia. Era un hombre de la vieja Mesta. Años atrás hubiera saludado como lo hicieron sus mayores: ¡A la paz de Dios!, más cálido y hermano, más amigo y entrañable. Otros tiempos. El monótono y unísono concierto de las esquilas y balidos se alejaba poco a poco con su cantinela y el campo de abril recobraba su silencio manso y su memoria de siglos y cosechas.
Aquella soledad, su calma renovada y sólo interrumpida por el paso fugaz de algún ave olivarera, te daba alas a la mente, vuelo a la imaginación y saltaban al papel sin pensarlo mucho algunos versos principiantes. Allí empezaste tu Oda al Castillo: …Perdiste reciedumbre,/ losa y frente/ pero no la piedra,/ tu cimiento o tu prestigio/ que el nombre/ impuesto un día/ hoy ya es historia:/ Castillo de Bury Al Hama/ (memoria y voz de Burgalimar). Y aquel otro poema —»Amor entre olivos»—: Olivares de Jaén./ Baños, Guarromán, Linares,/ Úbeda, Bailén, Baeza./ Caminos que se cruzan./ Caminos que se alejan./ Los caminos polvorientos/ y el sudor entre las cejas. Era el comienzo de una travesía lírica que iba a proporcionarte algunas satisfacciones y no pocas zozobras, algunos logros y también congojas. El sol, en lo más alto, iba encendiendo sus hogueras del mediodía y sus robustos rayos llovían sobre el olivar callado, vestido ya con las ropas recién estrenadas y blancas de sus olientes flores. Se emborrachaban los ojos contemplando aquellos racimos núbiles de blancas leches y de ceras que, pronto, pasados unos meses, se volverían verdor y dulce aceite para delicia de los paladares más exigentes.
Las doce campanadas lejanas de la vieja torre de la Iglesia, la de San Mateo, llegaban hasta allí seguidas de sus ecos dando fin a tus ensimismamientos y silencios. Era la hora de volver. Habrá lugares mucho más bellos cuya contemplación hará feliz a quien los mira. Para ti no había otro como el que recorrías en tus paseos primaverales mientras el cañamón volvíase crisálida de verdores y aceitunas El olivar. Aquel en el que forjaste mil ensueños y proyectos, creyendo que la vida era sólo una interminable primavera.

ORDEN Y DESORDEN
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Hay personas de orden y personas ordenadas. Yo tengo algo de lo primero pero nada de lo segundo. Soy, en efecto, una persona desordenada. Un hombre —y no hace falta decir una mujer— es persona ”de orden” si es fiel a sí misma y se halla entre las coordenadas de la dignidad y de la decencia. La persona ordenada es otra cosa. Si hubiera que expresar el concepto “de orden” en un simple calificativo eligiría “justo”. El justo es una persona recta en el sentido ético o moral. Menandro de Atenas llama justo no al que deja de cometer alguna injusticia sino al que pudiendo ser injusto no quiere serlo. “De orden” es quien ama el bien en toda su dimensión semántica y lo practica, el que pudiendo hacer el mal lo aborrece y no lo comete. El que vive de acuerdo con sus principios y da a cada uno lo que es de uno —el suum cuique tribuere de Tomás de Aquino, el llamado Doctor Angelicus—. Es lo que el pueblo, con esa psicología de tejas abajo y que no se aprende con ningún maestro ni en ninguna escuela, llama “buena gente” o, con un término tan poco sugerente y algo cacofónico. bonhomía.
En los Proverbios se dice que justo es el que cuida de la vida de su bestia. Hagamos una traslación conceptual —un quid pro quo— y llamemos bestia no al animal de carga, que probablemente no tenemos, todo lo más una mascota, que, aunque animal, no es bestia, sino a eso otro yo que llevamos dentro y que hay que domar y controlar porque tiene mucho de potro salvaje o de fiera incontrolada, el Mr. Hyde oculto que guardamos latente en nuestro forro más interior. En suma, el que obra de acuerdo con su conciencia, ése es un hombre «de orden». El que esto escribe —incurro en la confidencia— estudió en un internado de Religiosos pero, a diferencia de muchos compañeros que pasaron por allí, que se formaron bajo ese mismo sistema educativo espartano —justo es decirlo—, no se volvió ateo ni anticlerical, porque su conciencia no se lo hubiera permitido. En el Servicio Militar sufrió, con una licenciatura universitaria en el bolsillo, no pocas humillaciones, incluso violencia física por parte de algún mando inferior y no tan inferior y, sin embargo, no acabó siendo antimilitarista. No era eso lo que le dictaba su conciencia. En uno y otro caso habría que preguntarse lo de quid prodest? La venganza no es justicia, el odio carece de justificación si se es una persona “de orden”.
Pero tras este largo preámbulo quisiera hablarles del hombre ordenado, concepto menos filosófico y trascendental y más a ras del suelo, más de tejas abajo -otra vez-, más de andar por casa. El ordenado, en efecto, es un hombre, llamémosle “clasificado”, como estructurado por materias. Si se trata de encontrar un libro en su surtida biblioteca, aunque no lo tenga registrado con su correspondiente numeración, letras, etc. -tejuelo, creo se llama-, ni los tenga divididos por materias o temas en los anaqueles porque no es un experto en bibliotecomanía o bibliotecología, como la llaman otros, es capaz de encontrar inmediatamente el libro que necesita, y no digamos si su mujer le dice que localice esta o aquella publicación que necesita. En cosa de segundos está localizada. Es un hombre ordenado. Si utiliza el ordenador y escribe -quiero decir, si es escribidor- no sólo tiene sus escritos clasificados por carpetas y archivos virtuales en función de los géneros literarios que cultiva —artículos, relatos, poesía, novela…— sino que tiene constancia de la fecha y el lugar en que escribió aquello y, naturalmente, lo tiene todo a buen recaudo en copias de seguridad o back ups por temor a un naufragio del PC. Las pérdidas son siempre superables, las de los amigos, las del amor. Las que no tienen consuelo y tardan más en superarse son la de un ser querido y esta otra pérdida: la de una obra en la que empleaste años y que por error dactilar se la envía sin más y sin encomendarse uno ni a Dios ni al diablo, al infierno cibernético, del que no es posible volver. De allí -de ese infierno- nadie salió excepto Orfeo y mal parado, como sabemos. Son cosas que, además, no se las perdona uno. Claro que ninguna es comparable a la pérdida de la propia vida. De ésa no es posible recuperarse, sencillamente porque no es recuperable ni disponemos de tiempo para hacerlo.
De no menor importancia para un hombre ordenado es el archivado de pagos de recibos y facturas. Los acreedores a veces, demasiadas veces, se equivocan, sobre todo si pertenecen a la administración pública, y puede que te reclamen algo que ya pagaste ¡vaya usted a saber cuándo! El orden es, pues, tan necesario como tener a fin de mes un ingreso con el que reponer los gastos y el despilfarro que supone comer tres veces al día, o en adquirir ropas, pagar el colegio de los hijos y atender algún disfrute esporádico. Ordenado es el que contesta religiosamente a todos los emails que recibe, porque no hacerlo es una desconsideración y una grosería imperdonables. Controla sus tarjetas de crédito y sabe, en caso de pérdida, a qué número debe llamar inmediatamente para darla de baja. Mi mujer es extremadamente ordenada, no sé si porque nació o se formó así o por dejar en evidencia mi desorden. Es asombroso el mimo que concede a su agenda —un bellísimo cuaderno de pastas repujadas y doradas, una agenda de última generación que deslumbra con sólo verla en sus manos y que renueva año tras años, aunque no acaba uno de imitarla y seguir su heroico modo de ser. En ella anota día a día los eventos por venir, las felicitaciones de santos y cumpleaños de hijas, nietos, amigos y conocidos y, sobre todo, las citas médicas y dentarias, las fechas de los análisis, «ecos» y resonancias. De no ser así, yo mismo hubiera dejado plantado a médicos, dentistas y analistas más de una vez. Dios se lo pague. Si a todo ello se añade la colección enorme de fotos, videos y reportajes familiares ordenados por fechas, amén del bello toque que da a sus armarios y a su zapatero, tendré que admitir que es una mujer ordenada. Si abres uno de ellos, los vestidos cuelgan todos por estaciones del año y las perchas se distribuyen según las hechura y confección del traje y el tipo de hombreras que han de soportar. Pero es el ligero perfume parisino que inhala uno al abrirlo — ese Chanel 5 que siempre usa— , y que quedó adherido a los tejidos, delatando más que el nombre de la dueña su gusto refinado. Es cierto que hay perfumes infinitamente más caros y embriagadores pero lo mejor fue siempre enemigo de lo bueno. Y pensar que es Chanel 5 es el perfume más eficaz como repelente de los mosquitos… Puede que sea así pero yo no me doy por aludido.
Por el contrario, si usted abre un cajón de una gaveta bajo mi supervisión se encontrará con un espectáculo lamentable, del que preferiría no hablar, no lo calificaré de museo de horrores pero casi, una muestra de restos arqueológicos o algo parecido. Puros desechos de la vida de uno que no tendrán la suerte de encontrarse con un Duchamp que convirtiera en obra de arte gracias a su genio tanta fruslería y desperdicio. Tengo, naturalmente, mi seguro de coche pero la única vez que tuve un percance con otro al echar mano de la documentación  ésta no aparecía y, por si fuera poco, no llevaba encima ni el carnet de conducir. Tengo seguro de deceso, incluso póliza de vida, pero no le extrañe a ustedes que cuando me llegue el fatal día que a todos nos ha de llegar no aparezcan esos papeles, perdidos en el tsunami que es todo hundimiento de una casa aunque no sea la famosa de Usher. Por decirlo de algún modo y por acabar, si el hombre ordenado es un regalo del cielo para los que le rodean, el desordenado no sólo es una desgracia para éstos sino un náufrago condenado a perpetuidad y a no encontrarse a sí mismo, que es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. Uno no ha sido un gran pecador, de lo que no presumo, ya me gustaría, pero sí espero que el pecado del desorden al que nunca renuncié ni hice propósito de enmienda merezca al final de mis días la conmiseración y el perdón divinos.
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