Un encuentro inesperado

 

 

UN ENCUENTRO INESPERADO

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  •                         La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo
  • actualmente con más claridad que nunca. (Mario Benedetti)

A Cádiz me había llevado una cuestión de puro papeleo, por lo que una vez realizados ciertos trámites, conseguidas una firmas importantes, adquiridos impresos, pólizas, papel de Estado, los recibos de unos pagos y otras zarandajas imprescindibles en esta jungla de papel en la que vivimos, inicié un via crucis de colas y ventanillas que, entre prisas, bilis funcionariales que aguantar, desplantes de diversa índole y pelaje adobado con interminables esperas, iba a acabar convirtiéndome en una especie de ecce homo, víctima de estos herodes y pilatos, por burocráticos no menos repudiables. Pero, cosa rara en mí, yo me había tomado las cosas  con tiempo suficiente y, sobre todo, mucha calma, por lo que, concluida la aburridísima misión que me había llevado a la, en otro tiempo, denominada Tacita de Plata, y ya bien entrada la tarde, me dirigí, ahora ya tranquilo y relajado, Cuesta de las Calesas abajo en dirección a la estación gaditana y, sin quitarle el ojo y el asombro a la majestad de un lujosísimo y mastodóntico transatlántico italiano recién arribado a puerto, llegué tan ricamente, conseguí mi modesto billete de obligado viajero de cercanías y con un café que todavía iba quemándome las tripas me encaramé al vagón más próximo a la máquina del tren que, como un potro bufando de bravura y poderío, calentaba ya motores, disponiéndose a emprender su singladura de aceros y de voltios.

El vagón no era del tipo habitual, como sería de esperar, de compartimentos sino abierto, con un pasillo en medio y los asientos de rojo-burdeos, estaban dispuestos por pares, unos frente a otros. Es curioso, pero siempre que me subo a uno de estos trenes me viene a la memoria la niñez, aquella mi niñez de poco pan y mucho frío, como era la de nuestra posguerra, y, sobre todo, recuerdo mis viajes al desangelado colegio-internado, sus dormitorios infinitos sin madres, sin besos, sin calor, siempre con el ojo escrutador del vigilante de turno dispuesto a darte la noche por un quítame-allá-esas pajas. Y estos recuerdos, este ensimismamiento no tenía justificación posible porque el bullicio dentro y fuera del compartimento era enorme, las idas y venidas se sucedían de un modo más que alocado y el griterío era más de feria o carnaval que de civilizado medio de transporte: Tren-tranvía-con-destino-jerez-sevilla-va-a-efectuar-su-salida-vía-uno-andén-uno./…………….

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